praga
Praga es una obra sobre nuestra entidad humana. Praga desborda verosimilitud, realidad, complejidad. Como somos los seres humanos. Con las dificultades que tenemos de relación. Con la amalgama de opiniones cambiantes y actitudes contradictorias. En Praga tenemos los encuentros y desencuentros, los malentendidos, los secretos, el temor a perder, la inseguridad propia y del otro. En Praga hay dolor, pero también amor, mucho amor, hay individualidades pero también necesidad del otro, hay rutina pero también deseo, hay sosiego e inquietud a partes iguales.

Todo el que conoce la ciudad de Praga sabe de su belleza y su encanto, la recuerda como una postal idílica, donde al más despistado visitante le gusta perderse en sus callejuelas y humedad, donde aprende qué es el cristal de Bohemia, donde parará su tiempo en mitad del puente de Carlos para recordar esos momentos en el futuro.
Los protagonistas de Praga no fueron distintos. Habitaron la ciudad cuando su amor estaba fresco y todo era ilusionante. Han pasado los años. La costumbre ha ganado terreno a la emoción y la rutina a la sorpresa. Se siguen queriendo, siguen teniendo a la misma amiga común como referente de no estancarse. Pero a ellos les ha podido más lo acomodaticio. Y ya no van al mismo ritmo. Hay muchas cosas que reprocharse, pero la buena educación y, sobre todo, el cariño que se tienen hace que se soporten y se toleren, que aguanten y que cedan, que concedan y que pidan. El revulsivo estará en esa amiga que les visita para hacerles abrir los ojos y los poros de la piel. Ella también necesita de ellos. Son tres almas que nunca más podrán volver a estar solas.
Javier de Dios escribe y dirige un texto bello, duro, lacerante, tierno, cargado de razones y sentimientos, con un gran conocimiento del sentir humano. No se deja nada en el tintero en cuanto a relaciones personales. Crea unos personajes auténticos, de carne y hueso, cercanos. Y los intérpretes los encarnan con convicción y credibilidad. Julián López Montero, Juanma López y Susana García Burgos realizan su trabajo con un esmero delicado, viviéndolo en primera persona, invitándonos a entrar en su interior de una forma natural, como si estuviéramos en el salón de su casa.
Y lo bueno de todo ello, es que autor y actores consiguen que no tomemos partido por ninguno de los tres. Consiguen que los comprendamos, que sepamos que cada uno de ellos tiene su parte de razón y su pizca de culpabilidad. Porque así nos hemos sentido todos alguna vez.
Y, al final, la esperanza, el deseo de que todo sea como antes, pero en un tiempo nuevo, sabiendo mejor quienes son, somos, después de habernos sincerado, queriendo renovar nuestras actitudes y nuestra forma de ver las cosas. Volviendo a Praga a revivir lo que habíamos perdido. Volviendo a esta excelente obra para revisitar la idílica Praga.

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