malandro

Malandro, malandrín, bohemio, caradura, casi delincuente, bandido, maleante, crápula,… el Macheath de La Ópera de tres centavos de Bertolt Brecht se convierte aquí en el Max de Chico Buarque, la música de Kurt Weill se transforma en acordes de samba y bossa nova, Londres se traslada a Río de Janeiro, y Peachum, en lugar de controlar la mendicidad, es Durán y controla la prostitución, entre otras cosas que varían.

Con todo, esta versión de la obra de Brecht es una excelente versión, fresca, divertida, con mucho ritmo, bien resuelta escenográficamente y magníficamente interpretada tanto por músicos como por actores que también cantan, y lo hacen muy bien. Solventando el pequeño inconveniente de traducir el portugués en las canciones, a uno se le mete el compás el cuerpo, se le hace el oído rápidamente y disfruta con las escenas que se van sucediendo sin tregua, apenas sin descanso, entre los actores que doblan personajes, y apenas sí lo notas, y llegas a tomarlos cariño. Porque son divertidos, amables, frágiles, humanos, cercanos.

No llegas a odiar a Durán por muy empresario facineroso que sea porque tiene una cara benigna y Andrés Navarro lo clava. Perdonas la desvergüenza de Max porque es un tipo simpático y con don de gentes que refleja a la perfección Antonio Villa. Comprendes el doble juego del inspector de policía y su triste proceder presidido por la deudas porque Ángel Ramón Jiménez le presta su gran humanidad y fragilidad al mismo tiempo. Casi te enamoras de Teresinha porque Muriel Sánchez se muestra indefensa en un mundo de delincuentes pero hace valer su personalidad. Mar Álvarez no es pacata a la hora de interpretar a la pacata Victoria y la hace creíble y aséptica. Juan Bey nos emociona con su Genival inmenso. La camaleónica Nuria Benet nos sorprende con sus amplios registros y soltura escénica. Lola Dorado defiende su Lucía con ternura y nos creemos un Barrabás solitario y envidioso porque Pablo Huetos lo hace a la medida. Todos maravillosos.

Los músicos, excelentes también, con ese grado de excelencia de la buena discreción, destacando a Pedro Moreno en la interpretación de algunas canciones que nos hacen sentir la emoción de su expresión sentida.

Vanessa Martínez, como directora de escena, aunque no lo ha debido tener fácil por la complejidad de la obra en sí, ha tenido que regodearse en contar con tan buenos profesionales entregados.

Hay que darle mayor publicidad a este montaje. Digno de fines de semana y de semanas enteras, expectante de teatro lleno, porque lo tiene todo: buena música, buenos actores, buena historia, buena puesta en escena. Que no se pierda en el subsuelo de la cartelera.

Bitnami