Siempre les digo a mis alumnos de dramatización que el teatro es el engaño más verdadero. Es decir, aceptamos como verdad algo que sabemos que, efectivamente, es mentira, pero hacemos el juego de hacerlo pasar por verdadero aun sabiendo que no es real. No importa que los decorados puedan ser de cartón piedra, ni los disfraces que pasen por vestuario, o las interpretaciones de personajes más o menos creíbles, o los textos que, en muchas ocasiones, nos cuentan historias enrevesadas de difícil solución. Acudimos al teatro sabiendo que es una farsa y nos la queremos creer y nos queremos emocionar, y reír, y sufrir, si fuera necesario.
La Marquesa de Vadillo
Con este juego de ser y no ser, de estar y no permanecer, de aparentar y creer, de entrar y salir de los personajes, nos deleitan los actores de la Compañía de Teatro El Zurdo. Desde el principio se infiltran entre  el público y nos dan la bienvenida, hasta nos acomodan en la butaca (y alguno deja la propina), nos envuelven en su juego teatral y a nosotros nos gusta creérnoslo. Nos tienden su trampa y caemos en ella con el placer de disfrutar de una buena comedia de intriga, de darnos a conocer someramente los entresijos del camerino, de marcarnos la realidad de una difícil profesión como es esta del teatro.
Nos implican en su mentira y nos hacen partícipes de ella. Y nosotros tan contentos. Porque hay un guion solvente, una excelente interpretación, una puesta en escena cuidada y un respeto absoluto por el espectador. Hasta el punto que ya no sabemos si nos engañan cuando se ríen casi sin querer, si los espectadores que suben al escenario están en el ajo, si puede haber un asesino que también sea simpático y buena persona.
Y, entre engaño y engaño, entre pesquisa y pregunta, descubrimos que sí. Que hay asesino (o asesina que no seré yo quien lo desvele), que hay pistas e indicios falsos (que para eso hacen teatro), que hay detective, que hay mayordomo, que hay testamento, que hay administrador, que hay relaciones sentimentales ocultas, es decir, una amalgama de ingredientes que configuran una comedia de intriga y… humor muy bien pergeñada por Luis Crespo y Félix Estaire. Y, paralelamente, hay actores que se salen del personaje, personajes que nos hablan de actores reales, espectadores que hacen de figurantes, que bailan (aunque solo sea con los brazos), que intervienen y preguntan, que aplauden con energía al final porque se han creído esta gran mentira, esta perfecta patraña tan bien diseñada, las ironías sobre el género, las penurias sobre la profesión, la carga emocional ilustrada por el sonido de un acordeón que nos produce nostalgia.
Asistiendo a El extraño caso de la Marquesa de Vadillo comulgamos con el teatro primigenio, el del “tinglado de la antigua farsa”, el de “en la vida todo es verdad y todo mentira”, el del juego del Cluedo con un elenco fuera de toda sospecha.
Como soy de Carabanchel, cada vez que pase por la glorieta del Marqués de Vadillo, indefectiblemente me tendré que acordar de su malograda esposa, asesinadita en circunstancias teatrales, y no tendré más remedio que extrañar su caso y esbozar una sonrisa de verdad. ¡Que el teatro me perdone!

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