En Ocasiones Veo A Umberto, y nosotros también lo vemos

Alberto Morate

El tema de los muertos, ¡hummm!, siempre es escabroso y hay que tratarlo con respeto. Pero, hete aquí, que Álvaro Carrero en En ocasiones veo a Umberto, con todo el respeto del mundo, trata el tema con un humor desbordante y dicharachero. Bebiendo de las fuentes de Carlos LLopis, y su magistral Más acá del más allá, el autor y, a la sazón, director y actor de esta comedia de espíritus tremendos, nos ofrece una pieza teatral ágil de ritmo, perfectamente estructurada en sus escenas y diálogos, y chocarreramente interpretada con gran acierto.

Hay gestos, pausas, miradas, texto alusivo a lo que sucede en estos momentos, algo de intriga, mucho enredo, mayor complicidad entre actores y espectadores, reales personajes a los que comprendemos, y humor. Mucho humor. Del bueno. Del que te  hace reír porque es sincero. Y eso que estamos hablando de que alguien se ha muerto.

Esa es su grandeza. No hay chistes fáciles, ni humor negro, aunque algunas de las situaciones se vean venir, estamos expectantes de qué sucederá luego. Porque nos implicamos en el juego y la imaginación es un portento. Así, vemos un vaso flotando en el aire o un traspaso de cuerpo a cuerpo. De risa, ¡qué mejor calificativo se puede hacer a una comedia que pretende eso!

Los intérpretes se entregan ciento por ciento. El propio Álvaro Carrero, ausente en ocasiones, porque en ocasiones se ve a sí mismo, muerto. No ausente en cuanto su buen posicionamiento en el escenario, por supuesto. Virginia Muñoz, todo pasión, gestos, inocencia, sinceridad, la amiga loca pero con gran corazón, desde luego. Salva Reina, llevando al límite ese personaje con más miedo que vergüenza, pero infinitamente tierno. Y Mara Guil, en su rol de viuda desconsolada, ilusionada, con carácter, pero humano y de hermosos sentimientos.

Vayan a ver a Umberto, no en ocasiones, sino mientras estén en el escenario del Muñoz Seca, porque son casi dos horas de buen entretenimiento.