Cuento de Navidad, siempre

Alberto Morate

 

Hay cosas que se repiten periódicamente y no importa que suceda. Al contrario, si en una época faltan, se echan de menos y se recuerdan con nostalgia. En el período de Navidad es también lógico que se arraiguen ciertas tradiciones.

Entre ellas está recordar el gran argumento del insigne y estupendo escritor Charles Dickens con su Cuento de Navidad. Esencia pura de ese espíritu benevolente que nos acompaña en estas fechas de reencuentros, de deseos de felicidad, de regalos, de ayudas a los necesitados, de villancicos y de nieve, de balance de todo un año, de propósitos nobles y de mejora,…. En definitiva, la Navidad con todos sus alicientes.

Y, por tradición, poner en pie esta historia de una manera o de otra, nos hace reflexionar sobre las relaciones sociales, sobre penurias y soledades, sobre necesidades, arrepentimientos y quereres.
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Aladino y la Lámpara

Alberto Morate

Una de las Mil y una noches, pero una tarde. Una tarde de domingo, fresca, apetece ir al teatro. Cobijarse al abrigo de una buena historia. La de Aladino y la Lámpara, por ejemplo. En el teatro que acoge y produce y presenta las funciones infantiles por excelencia. El Teatro San Pol. El que lleva más de treinta años ofreciendo montajes de calidad aunque los espectadores sean pequeños en edad. Que no en imaginación, en ilusión, en entusiasmo. Con la sabiduría de que también a los adultos les gustará, nos gustará.

No importa que conozcamos la aventura. Julio Jaime Fischtel nos lo presenta a su manera, sabiendo, porque los conoce, cuándo a los niños hay que darles marcha, ternura, misterio, humor,.. Y José Páez la dirige con la misma delicadeza. Todos, en realidad. Los actores, la escenografía, el vestuario. Nada se descuida.

Aladino se meterá en el bolsillo que no tiene de su pantalón, pero sí de su corazón, a los espectadores. Quim Capdevila, simpático y valiente, cariñoso y decidido. La princesa de difícil nombre, Badrulbudur, en realidad, Adriana Vaquero, dulce y sencilla, no parece una princesa, sí es una gran amiga. Y el genio, Carlos London, si le hacen más bueno, nos lo comemos con satisfacción. Al igual que al simpático Víctor Benedé, que le gustan los juegos más que a un estudiante el recreo. La madre, Natalia Jara, comprensiva y temerosa. Y el malo que no es tan malo, el Visir, Miguel Cazorla, contrapunto ideal de la historia. Todos buenos cantantes, estupendos actores, mágicos personajes.
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