La Rosa Tatuada

Alberto Morate

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Aitana Sánchez-Gijón en su personaje de Serafina, vive en el límite. En el límite del amor por su marido, del que presume, hasta que queda viuda. En el límite de su desconsuelo cuando llora esa pérdida irremediable. En el límite cuando conoce la verdad y, al mismo tiempo, conoce a Álvaro, Roberto Enríquez, que la sacará de su ensimismamiento, reclusión y empecinamiento.

Como nos indica Carme Portaceli, la directora, en el programa, La Rosa Tatuada de Tennessee Willimas, es un drama vivo. Un drama esperanzado en el que no nos podemos quedar lamiendo las heridas eternamente. Hay que salir al mundo, a la vida, y plantarle cara. No vendrá la virgen a producir ningún milagro. El milagro tiene que estar en nosotros mismos.

Con una puesta en escena exquisita, una interpretación totalmente creíble, vivida, un ritmo perfectamente equilibrado y un conjunto de actores bien conjuntados, la representación transcurre ágil, activa, real.

Tennessee Williams, como en otras obras suyas, mezcla la realidad y el sueño. El ostracismo de Serafina frente a las ganas de volar de su hija, Rosa (Alba Flores), la soledad frente al deseo de salir al mundo. Las creencias religiosas y fanáticas frente al paganismo del sexo, de las relaciones emocionales, de los sentidos. Se mete en la piel de unos personajes supersticiosos, solitarios, desafortunados. Y los quiere dotar de cierta esperanza, de alegría, de necesidad afectiva.

Carme Portaceli así lo entiende, y los trata con cariño. Sin obviar la miseria interna que arrastran, los hace humanos, con sus prejuicios y sus temores, sus altibajos emocionales. Y Aitana Sánchez-Gijón y Roberto Enríquez y todo el elenco, prestan a sus personajes la experiencia y calidad de sus registros. Solamente por eso ya merece la pena acercarse al Teatro María Guerrero a ver esta producción del Centro Dramático Nacional.

Fausto infausto

Alberto Morate

El mundo tenebroso, individualista, subjetivo, nocturno, sórdido, del romanticismo se nos presenta en la obra de Goethe con toda la siniestralidad que sería de esperar. En la versión de Tomaz Pandur, un gigantesco muro parece tener atrapado a nuestro protagonista Fausto. A pesar de eso, en esa gran pizarra no cabe todo lo que él quiere saber, sentir y experimentar. Su ilimitado conocimiento también necesita ir más allá, está al borde del inicio de nada. Por tanto, solo le quedará poner fin a su vida o pactar con el diablo o con Mefistóteles, o con quien sea necesario, para que le muestre misterios y placeres, pasiones y retos, que le saquen de esa insatisfacción que le impide su propia sabiduría.

FAUSTO

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