La colonia de vacaciones

Alberto Morate

El mundo da vueltas y gira alrededor de sí mismo y dentro de él, nosotros también giramos y giramos hasta toparnos con una realidad diferente o vista desde otros ángulos.

Y salen elementos de los que estamos insatisfechos, aunque queramos disimularlos yéndonos a La colonia de vacaciones, pero allí saldrán nuestros más escondidos y recónditos fantasmas, nuestros miedos, nuestras represiones y nuestros deseos más ocultos. Veremos cadáveres viviendo. O una confusión entre yoes y túes, entre nosotros y vuestros.

Podremos convertirnos en ratas o asesinar a martillazos a nuestros congéneres. Y obtendremos desprecio. E insatisfacción, lucha de poder, represión,… aunque parezca que estamos coordinados, que todos pretendemos lo mismo, que buscamos el descanso de lo eterno.

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¿FIN? o empezar de nuevo

Alberto Morate

El final de algo siempre es el inicio de otra cosa. Empezar de cero. A cada momento hay un final, un acabose, un término. Pero construimos sobre lo que ya teníamos, sobre lo que conocemos. ¿Y si hubiera un final auténtico? Es cierto que algo quedaría, suponemos. Y sobre esa base tendremos que hacernos de nuevo.

Esa es la premisa original de ¿FIN? de Nacho Redondo. Algo va a terminar, una relación, un periodo de tiempo que ya se ha hecho demasiado costumbrista, o violento, o lleno de desencuentros. Y el “fin” viene dado por otra circunstancia que nos sorprende de pleno. Un argumento en plan Saramago que lleva al límite a la pareja protagonista, hay que empezar de cero. Pero de cero rotundo. Como si no hubiera nadie más en el mundo entero. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos como antes? ¿Cada uno coge un sendero? ¿Lo intentamos de nuevo?

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El encuentro, entre la actriz y el poeta

Alberto Morate

La memoria inmediata, la memoria a corto plazo. La memoria de recuerdos olvidados. La memoria de lo que se pretende construir, la memoria histórica. La memoria de quien no quiere olvidarse, pero tampoco recordarlo a todas horas.

Los poetas no tienen memoria, solo sienten lo que han pasado y lo transmiten en poemas que, más tarde, serán recordados.

Montse Simón quiere recordar a su abuelo, a su maestra, a su Antígona, a sus compañeros de teatro, a su poeta. Montse Simón siente también como poeta y quiere acercarse a uno, a Marcos Ana, el preso de la guerra civil que más tiempo pasó encarcelado, y quiere que le cuente sus penas, que no se olvide, que la haga parte de su historia, o viceversa.

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FRIDA, huesos rotos

Alberto Morate

Frida multiplicada por ocho. Frida viento. Frida movimiento. Frida baile, Frida canción, Frida boleros.

Frida a pecho descubierto. Frida niña, Frida universo. Frida autorretratos, Frida sufrimiento.

Frida y Diego. Caminar de quebrantos y lamentos. No se pueden dar grandes pasos con tan solo una pierna, pero se puede llegar muy lejos. Así lo demostró Frida Kahlo en todo momento. “Pies para qué los quiero si tengo alas pa’volar”.

Eso hacen El Curro DT y Marcela Aguilar. Vuelan, bailan, pelean, se buscan, se encuentran, se quedan estáticos. Se visten, se desnudan, nos cuentan un cuento. Partes biográficas de esta mexicana que sufrió, pero no quiso hacerlo en silencio. Frida encuentro consigo misma. Frida expuesta y vulnerable, Frida misterio.

Su vida pasa en un instante. Es una vida de escenario y huesos rotos. Y la compañía asume todos los riesgos. En un juego simbólico y etéreo, se contorsionan y nos recitan los versos de Frida, y la recomponen y la traen con todos sus iconos. Agrupándose todos, en la reivindicación final, alzando con valor su recuerdo, por la internacional Frida Khalo, para que no se nos vaya a olvidar.

Federico y Lola, el desencuentro

Alberto Morate

“Respetable público… (Pausa)… El poeta no pide benevolencia, sino atención,…”

Miren, pongan atención, vayan a ver Federico y Lola. Los esperan en el camerino. Les oirán discutir, discrepar de ciertas cosas, pero Federico García Lorca Y Lola Membrives hablan el mismo idioma. Se quieren, se adoran. Se necesitan, se comprenden. Aunque en algún momento de la obra sus opiniones sean dispares. Pero Lola adora a Federico y Federico está a gusto con Lola. Podrían pasarse noches enteras charlando, se idolatran, se conocen, saben sus debilidades. Se sienten, se reconocen. Están heridos y felices. Saben lo que quieren. Quizás haya desencuentro, pero no es tal, solo se duelen uno del otro.

Y cada vez que se miran, se acercan. Son un mundo aparte, un mundo solo de ellos. Son frágiles. No importa que, en un momento, se griten, se encierren en sí mismos, porque sí se importan. Aunque ella no pueda hacer Yerma.

El poeta y la actriz. El dramaturgo y su musa. Así, paralelísticamente, con la fuerza de las palabras, con el sentir de sus corazones.
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Últimamente estoy muy fervoroso, pero lo que realmente quiero es estar enamorado

Alberto Morate

Pablo Canosales indaga en este texto sobre las diferentes circunstancias del amor. Como un periodista que debe realizarse las preguntas base en todo texto periodístico, ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿quién? y ¿dónde?

Pero lo hace, no desde la perspectiva del curioso reportero que no quiere implicarse, sino desde la visión de un muchacho homosexual y artista, sensible y dicharachero, cantante y reivindicativo. Nos lo trae como presentador de cabaret, intérprete de cuplés, enamorado de la vida.

Juando Martínez, con una sensibilidad exquisita, nos lo presenta, cercano, divertido, sensual,… pero tremendamente emotivo. Inmensamente humano. Con la coquetería de quien se quiere, pero con la amargura de quien quiere que le quieran.
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Inestables, in extremis

Alberto Morate

No nos conocemos ni a nosotros mismos. Creemos que sí, pero ante situaciones límites o especiales, posiblemente nos autosorprendiéramos con reacciones impensables. Pero, si nos dan un tiempo para meditar, para tomar una decisión, ¿actuaríamos también como realmente creemos?

En Inestables de Carlos Zamarriego, que también la dirige, una pareja que no se conoce y que, por motivos profesionales, tienen que tomar una determinación drástica para el resto de sus vidas, nos vendrán a decir que no existe la seguridad perpetua, la actitud encomiable que nos pone por encima de los otros, la rectitud de los principios que tenemos como modelo.
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Cielo Santo Cabaret

Alberto Morate

 

Las puertas del cielo se abren, pero no es san Pedro quien hace de cancerbero. Es Inés León quien nos invita a pasar a mejor vida. Mejor vida en el sentido de disfrutar, de ser un poco transgresores o pícaros, picantes, atrevidos, descarados, arriesgados, intrépidos, decididos, divertidos, acróbatas, artistas, y un poco ángeles, pero también demonios revoltosos, luz y magia, canción, baile.
Todo eso podremos encontrar en este cabaret de andar por las nubes, de bajar a las partes pudendas, de llevar al límite contorsiones con el cuerpo.
Hay riesgo. Riesgo de que un globo gigante explote, o de que nos mojen con el agua bendita de una ninfa que vuela y nos salpica, de que nos saquen a partir un palo con el trasero o de que dos amantes se sostengan con el equilibrio de un punto de sujeción del cuerpo. Hay humor en un Cupido egocéntrico y duende revoltoso que trastoca todo. Hay voz de un par de buenas canciones, y querubines voladores de perfectas sincronizaciones.
Todo mientras te tomas una copa y se pasa el tiempo como quien no quiere la cosa. Como si estuvieras en el Santo Cielo, pero en la trastienda de los grandes salones, en la carpa de un espacio “ClanDestino”, donde solo se permite la entrada a los que tienen ganas de vivir a tope.
Allí sufren placer, viven y sienten, Wilbur Víctor, Desko Amat, la propia Inés León,… y todos los que, por un casual o no, se acerquen a este cabaret de estrellas relucientes.

666, sí, sí, sí, Yllana, Yllana, Yllana

Alberto Morate

Yllana, Yllana, Yllana. Podríamos pronunciar su nombre 666 veces, o seis mil seiscientas sesenta y seis, y siempre lo haríamos con una sonrisa en los labios (¿en dónde si no?), con una carcajada en la garganta, con una mueca en el rictus, con un sonido en cualquier sitio.

Yllana, Yllana, Yllana son el poder del teatro cómico gestual irreverente y mal encarado con las normas convencionales. Les gusta sacar partido a lo entero. Llegar al límite del centro, bordear los precipicios por debajo. Es decir, por los bajos fondos, por lo inesperado, por lo tabú, por lo truculento de lo apacible, por la casquería de lo humano.

Sí, sí, sí, seis, seis, seis, siendo cuatro. El número del diablo, del maligno, del pobre pecador que se queda sin adeptos cuando transgrede su espacio. En esta ocasión, Yllana, Yllana, Yllana, se meten en el pellejo de cuatro condenados. Y como ya no tienen nada que perder, arman la de “dios es cristo” sin invocarlo. Son capaces de hacer salir huyendo al mismo Pedro Botero del infierno, al carcelero más musculado de la prisión del condado, al asesino a sueldo que los anda buscando.
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La autora de Las Meninas

Alberto Morate

Pocos cuadros como el de Las Meninas tienen tantas lecturas, interpretaciones, visiones diferentes, adaptaciones, versiones, re-creaciones, ensayos, estudios, hipótesis, reflejos,… yo diría que casi tantos o a la par que la esencial figura de nuestro don Quijote. De tal manera que se convierte en mito y todos tienen derecho y opción a hablar de ellos. Y, en concreto, sobre el cuadro de Las Meninas, visitado diariamente por miles de personas que se quedan admirados de la prodigiosa obra de arte.

Pero, hete aquí, que Ernesto Caballero, a la sazón, director del Centro Dramático Nacional, dramaturgo, director de escena, profesor,… y ante todo hombre cabal y coherente, se le ocurre que qué pasaría si se hiciera una copia exacta del famoso cuadro de Velázquez. Lo que debiera ser algo anodino e intrascendente, porque no dejaría de ser una copia por muy bien que se haga, se convierte en un texto teatral de grandes dimensiones, como el lienzo. Como en él, con claroscuros, con personajes enigmáticos, con rostros bien definidos y otros a los que solo se les ve a través de espejos y una atmósfera inquietante y sugerente. Las Meninas que cobran vida de forma diferente.
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