Los Hermanos Karamázov

Alberto Morate

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Fiódor Karamázov no odia. Solo es cruel. Despótico. Tirano. Egoísta. Opresor. Autoritario. Mujeriego. Pero no odia. De alguna manera, aprecia a sus hijos, los quiere proteger, los repudia pero los necesita, los desprecia pero los cobija. Aunque no se note, aunque las vísceras se le salgan por la boca. De alguna manera los tiene miedo.

Algo parecido le pasaba a ese otro gran personaje mucho más nuestro, el Juan Manuel Montenegro de las Comedias Bárbaras de Ramón del Valle Inclán. La fiereza del protagonista, su carácter épico, su dominancia y magnetismo, hacen de estos dos personajes seres inolvidables, carismáticos, grandes. Y Juan Echanove en este Karamázov le da la grandeza necesaria, el tono adecuado, la violencia contenida, pero también refleja sus temores, la certeza de que, tarde o temprano, sucumbirá en manos de alguno de sus hijos, si no de todos.

Gerardo Vera es valiente ofreciendo esta densa obra que forma parte del acervo cultural de una época pretérita. Porque, ¿qué joven hoy en día se atreve a leer esos gruesos tomos de la literatura universal? Pero el director afronta el reto con determinación, lo hace suyo, lo vivifica con acierto, con dureza, con tensión. Cada diálogo son puñales que se clavan en el alma de los personajes; desde el patio de butacas se siente, no solo se observa, los remordimientos de conciencia social, las difíciles relaciones entre unos y otros, la angustia vital de la crueldad y el desamparo.

Cada actor realiza un esfuerzo físico y mental extraordinarios. Desde el propio Echanove, inmenso, como ya hemos mencionado, pasando por Fernando Gil y su Dimitri Karamázov torturado, inconforme consigo mismo, al que sí le sale el odio por los cuatro costados. Markos Marín asumiendo otro Karamázov más contenido pero a punto de estallar, descontento, al que considerarán plato de segunda mesa. Un extraordinario Óscar de la Fuente, convulso y epiléptico, sumiso y resignado, no tan desecho como pueda parecer. Lucía Quintana interpretando de maravilla una Katerina atormentada, sensual y dominante o Marta Poveda con su Grúshenka felina, sexual, pero frágil y deseada. Antonio Medina, Chema Ruiz, Abel Vitón,… conforman un elenco más que solvente para que, durante las cerca de tres horas que dura el montaje, no se nos haga lento ni pesado ni aburrido.

José Luis Collado firma la versión extrayendo la esencia justa de la trama y de los personajes. Y la escenografía del propio Gerardo Vera con las sombras y luces que permiten encontrarnos ante una historia escabrosa y atrayente, morbosa y truculenta.

En la sentencia final es de justicia aplaudir con energía este gran esfuerzo humano y artístico.

Con La Soga al cuello

Alberto Morate

De la novela al cine, del cine al teatro. Sin embargo, Alfred Hitchcock, que grabó La soga a partir de la novela de Patrick Hamilton, quiso hacer una película medianamente teatral. Todo se desarrollaba en un único escenario y, por cuestiones técnicas, no pudo rodar en un solo plano secuencia, y lo hizo con cortes de diez minutos que procuró disimular. Es decir, de alguna manera, quería hacer una película que fuera una obra de teatro.

La-Soga

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