El Cabaret de los Hombres Perdidos

Alberto Morate

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Hay veces que al autor se le escapan los personajes, como escribió en su día Pirandello, y deja de tener control sobre ellos. Hay veces que el autor cree tener el destino de las vidas de sus personajes en las manos y en el pensamiento, pero algo en ellos les hace rebelarse. Hay veces que los personajes son tan reales que quisieran estar vivos siempre.

Pero, ¿qué pasa cuando esos personajes se pierden en el laberinto de la duda o pretenden cambiar el destino de lo que el autor había pensado para ellos?

En El cabaret de los hombres perdidos se parte de un mundo miserable, escondido, fuera del circuito de lo convencional y las buenas maneras. Hay otras vidas, otras realidades, otros sentimientos, y no son peores (ni mejores) que los correctamente establecidos.

Los personajes creen que pueden salir de esa miseria, de ese inframundo, de la sordidez, de la soledad, del desamparo, de la angustia vital de lo que les está permitido.

Hay, en el libreto de Christian Simeón y en su adaptación a la realidad ibérica de Jorge Roelas, un mundo neblinoso, unas luces oscuras, una desnudez en carne viva. Pero también muchos guiños de humor, de juego, de complicidad con el espectador, de musical desgarrador, de teatro cruel, de parodia, de vodevil, de transgresión y de esperanza, pero no a partes iguales, porque pesa más lo dramático, aunque le quiten el hierro candente necesario para no quemarse en las emociones.

Poco a poco la obra va ganando en ritmo y en sensaciones. Vamos tomando cariño a los personajes a medida que los vamos conociendo, que se nos hacen familiares, que comprendemos sus penurias. Se nos van grabando en la piel al igual que al muchacho que solo quería ser cantante de éxito y triunfar como persona. Y los actores contribuyen, a pesar de sus intentos de distanciamiento y acercamiento, de sus provocaciones veladas y directas, a que la historia sea dura por su texto, complaciente en sus canciones, distinta por su forma de presentarla. Ignasi Vidal, Cayetano Fernández, Armando Pita y Ferrán González los interpretan creíbles e irónicos, divertidos y tremendos, atroces y humanos.

Grande este musical no al uso, excelentemente acompañado al piano por Germán Kucich. El director, Víctor Conde, nos relata esta historia amarga con guindas de frescor que proporcionan efectos secundarios, como los pintalabios que dejan manchas de carmín delatoras.

Nadie elige su destino, nadie puede cambiarlo, a no ser que entremos en un lugar siempre abierto donde se encuentran seres humanos perdidos que buscan ser comprendidos.

Pluto, a ritmo de `blues´

Alberto Morate

Es una satisfacción poder asistir a esta comedia de Aristófanes con el sabor antiguo de los atenienses y la actualidad más recalcitrante de nuestros días. Con la iconografía de las máscaras del coro y el ritmo de las canciones de ‘blues’ y ‘jazz’, con las largas telas de túnicas y mantos, y las referencias a acontecimientos recientísimos y expresiones coloquiales nuestras de cada día.

PLUTO

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