EL FLORIDO PENSIL, niñas, ahora les toca a ellas

Alberto Morate

¡Claro!, no podía ser de otra manera. Primero son los niños, después vienen las niñas.

Así se pensaba en aquella época. Una época no tan lejana ni tan prehistórica como pareciera. Que yo la he vivido. Que aún hay algunas reminiscencias, como dicen al final de la representación. Que romper con ciertos moldes es tarea titánica y de paciencia.

Nos reímos. Claro que nos reímos. Lo pasamos teta. Nada hay más hilarante que reírse de uno mismo cuando se ve con la perspectiva de quien ha superado traumas y se toman las cosas de otra manera. No con la visión de aquellos niños y niñas que sufrían en sus carnes y en su intelecto la manipulación maniquea. En este caso son niñas. Casi peor, por el rol que debían desempeñar siempre de forma discreta, sumisa ante el marido, el padre, el hermano, el novio, incluso un señor cualquiera.

El florido pensil fue, en realidad, un jardín marchito abonado de mucha mierda. Con perdón. Pero, gracias a dios o a quien sea, consiguieron brotar flores, mujeres que a la postre reivindicaron su condición de hacer lo que quisieran.
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El clan de las divorciadas

Alberto Morate

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La exageración como detonante del humor, el histrionismo para provocar hilaridad, el ilimitado proceder excéntrico de los personajes. Con estos ingredientes juega, se divierte, traza garabatos de niño malo el autor, Alil Vardar, que con la excusa de tres mujeres divorciadas unidas por su soledad, también entona un canto de amistad y considera posible que seres humanos tan dispares entre sí puedan congeniar, ayudarse, apoyarse, llevarse terriblemente bien.

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