La Cavernícola, condenados a entendernos

Alberto Morate

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Un mundo solo de hombres estaría abocado a la destrucción. Y hubiera sido un mundo desordenado, sucio, caótico. Claro, un poco como ahora, porque sigue primando una sociedad gobernada por seres masculinos. Un mundo solo de mujeres, posiblemente, también se hubiera destruido solo aunque, eso sí, mucho más limpio y con cada cosa en su sitio. Eso, salvando el escollo de cómo hubieran hecho para procrear y mantener la estirpe. En conclusión, que hombres y mujeres se necesitan, se atraen, se repudian, se quieren, se odian, se gustan y se disgustan.

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El Cabaret de los Hombres Perdidos

Alberto Morate

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Hay veces que al autor se le escapan los personajes, como escribió en su día Pirandello, y deja de tener control sobre ellos. Hay veces que el autor cree tener el destino de las vidas de sus personajes en las manos y en el pensamiento, pero algo en ellos les hace rebelarse. Hay veces que los personajes son tan reales que quisieran estar vivos siempre.

Pero, ¿qué pasa cuando esos personajes se pierden en el laberinto de la duda o pretenden cambiar el destino de lo que el autor había pensado para ellos?

En El cabaret de los hombres perdidos se parte de un mundo miserable, escondido, fuera del circuito de lo convencional y las buenas maneras. Hay otras vidas, otras realidades, otros sentimientos, y no son peores (ni mejores) que los correctamente establecidos.

Los personajes creen que pueden salir de esa miseria, de ese inframundo, de la sordidez, de la soledad, del desamparo, de la angustia vital de lo que les está permitido.

Hay, en el libreto de Christian Simeón y en su adaptación a la realidad ibérica de Jorge Roelas, un mundo neblinoso, unas luces oscuras, una desnudez en carne viva. Pero también muchos guiños de humor, de juego, de complicidad con el espectador, de musical desgarrador, de teatro cruel, de parodia, de vodevil, de transgresión y de esperanza, pero no a partes iguales, porque pesa más lo dramático, aunque le quiten el hierro candente necesario para no quemarse en las emociones.

Poco a poco la obra va ganando en ritmo y en sensaciones. Vamos tomando cariño a los personajes a medida que los vamos conociendo, que se nos hacen familiares, que comprendemos sus penurias. Se nos van grabando en la piel al igual que al muchacho que solo quería ser cantante de éxito y triunfar como persona. Y los actores contribuyen, a pesar de sus intentos de distanciamiento y acercamiento, de sus provocaciones veladas y directas, a que la historia sea dura por su texto, complaciente en sus canciones, distinta por su forma de presentarla. Ignasi Vidal, Cayetano Fernández, Armando Pita y Ferrán González los interpretan creíbles e irónicos, divertidos y tremendos, atroces y humanos.

Grande este musical no al uso, excelentemente acompañado al piano por Germán Kucich. El director, Víctor Conde, nos relata esta historia amarga con guindas de frescor que proporcionan efectos secundarios, como los pintalabios que dejan manchas de carmín delatoras.

Nadie elige su destino, nadie puede cambiarlo, a no ser que entremos en un lugar siempre abierto donde se encuentran seres humanos perdidos que buscan ser comprendidos.

Es verdad que Iba En Serio

Alberto Morate

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Jorge Javier Vázquez, el presentador televisivo, el hombre mediático que todos conocen, pide a gritos “Sálvame”, y se lo pide a una supuesta psicoanalista porque tiene un sueño que se repite una y otra vez. Si todos hiciéramos eso los psicoanalistas estarían forrados de dinero, si es que no lo están ya. Pero el sueño de Jorge Javier es musical, es con un cantante, francés para más detalles, que le susurra algo que no entiende. Y él quiere comprenderlo.

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Mí, Me, Conmigo

Alberto Morate

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Hay muchas cosas que destacar en este musical de factura autóctona escrito y dirigido por Jesús Sanz-Sebastián que ahora se representa en el nuevo espacio Gran Teatro La Estación Príncipe Pío. Y otras cuantas de las que hay que hacer algunas salvedades.

En primer lugar, dar la bienvenida y darnos la enhorabuena por disponer de un nuevo escenario donde poder disfrutar de montajes con la calidad necesaria y la proximidad de la disposición del público. El Gran Teatro La Estación Príncipe Pío está diseñado como una gran carpa que recuerda los viejos circos de antaño, pero con mayor elegancia, con el encanto de los cabarets europeos o los cafés teatro españoles de los años 70 pero a lo grande. También podrás tomar tu consumición mientras ves la obra. Quizá debieran insonorizar mejor el interior pues no dejan de oírse sirenas y el intenso tráfico de la Cuesta de San Vicente cuando la escena es algo más íntima.

En segundo lugar, la obra Mí, Me, Conmigo. Nos encontramos con una buena historia. Un muchacho con trastorno de personalidad múltiple se enamora de su psiquiatra y viceversa, aunque a veces dudamos si es amor o es solo atracción física. Hay aquí un buen argumento. Si bien, los personajes que poseen al protagonista podían haber sido un poco menos prototipos o un poco más complicados en sí mismos. La interpretación de Claudia Molina y Eduardo Tato es correcta, aunque en algunas ocasiones se ve forzada por querer sacar el humor de situaciones un tanto escabrosas. Abusan, a mi modo de ver, de lo chabacano, de palabras malsonantes, que no por ser de común uso y del nivel coloquial, sobre un escenario suenan un poco estridentes. Como algunas veces los gritos a través de los micrófonos. Se echa de menos un texto algo más profundo que la cotidianeidad de los tacos. O unas situaciones más graciosas sin basarse solamente en el sexo.    

Hay que destacar, eso sí, la calidad de las voces e interpretación en las canciones. Bien acompañados al piano por Richie Salvador, hay una buena variedad de estilos en la música de Roberto Bazán. Es más, en algunas ocasiones, los diálogos se hacen excesivamente largos y estamos esperando la siguiente canción.

Mí, me, conmigo, posee aciertos, bastantes, la música, la interpretación, el argumento, el espacio, la sencillez,… pero puede mejorarse en el texto, en los personajes, en el humor, en el dramatismo psicológico, en la evolución del síndrome… Al final, el giro que da la obra también nos sorprende y eso también es un acierto. Pero lo mejor es que vaya usted al teatro y lo juzgue por sí mismo, tú, te, contigo.

El Cavernícola, basado en hechos reales

Alberto Morate

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Real como la vida misma, divertido y amargo, incisivo, certero, cargado de razón pero con ese punto de absurdez, crítico, cariñoso, observador, familiar, cercano, psicológico.

Todos estos adjetivos y muchos otros más se pueden aplicar a este monólogo de éxito que Nancho Novo lleva paseando por el escenario durante ya varias temporadas. Y no es de extrañar.

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La Lengua Madre, la palabra viva

Alberto Morate

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Cada nuevo curso escolar les digo a mis alumnos que soy un apasionado lector del diccionario. Se sorprenden. Me preguntan si lo leo de principio a fin. Les contesto que cojo una página al azar y siempre descubro una palabra desconocida, una palabra que estaba agazapada esperándome para que yo la asimilara. Les digo que es divertido y que prueben a hacerlo. Me miran sorprendidos, los más audaces se atreven a hacer gestos o comentarios por lo bajo diciendo: “¡vaya rollo!” o “está pirado”. No se atreven a mofarse directamente de mí porque soy el profesor y aún conservo algo de respeto y autoridad.

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Losers, buscadores más que perdedores

Alberto Morate

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No he visto perdedores en esta comedia, Losers, en el Teatro Bellas Artes. En algún momento he podido ver fracasos, fracasos pasados y no por culpa de los protagonistas de esta obra. He visto, he oído, he presenciado la historia de dos vidas de luchadores, de resignados en algún momento, de buscadores de sensaciones y relaciones humanas. He podido asistir, en todo caso, a una comedia amarga de dos solitarios que se encuentran al fin, y que no estaban acostumbrados a que se les valorase, a que se les tuviera en cuenta, a compartir manías y defectos pero aceptándolos de buen grado.

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Nada que perder, mucho que contar

Alberto Morate

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¡Justicia!, clamaba don Quijote por los caminos. Justicia para los menesterosos y los desvalidos. Justicia igualitaria y sin discriminaciones. Justicia y preguntas. Muchas preguntas que quedarán sin respuesta verdadera. Preguntas incómodas y preguntas necesarias. Y filosofía. Y pensamiento. Y escape y huída. E intereses personales. Y ocultaciones y favorecimientos. Desahucios. Soledad. Desesperación. Querer saber y conformarse con ignorar. Y realidad. Y sociedad. Y actualidad. Y buen teatro, muy buen teatro.

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