La Pechuga de la Sardina y sus espinas

Alberto Morate

Cuando uno tiene hambre se dice que se comería un buey, aunque lo más normal es que como mucho lo que se pueda llevar a la boca sea un trozo de pan, o “la pechuga de una sardina”. Esto si hablamos de hambre gastronómica, naturalmente. Pero cuando uno tiene hambre de teatro, hambre de comunicación, hambre de arte, de disfrute escénico, entonces, hay que ir a comerse La pechuga de la sardina en el teatro Valle Inclán en producción del Centro Dramático Nacional.

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Y uno sale muy satisfecho. Porque ha podido degustar buenas raciones de interpretación, de buen texto, de “delicatesen” de puesta en escena, saborear esa sardina (aunque tenga espinas), como si fuera el mejor de los mariscos.

Aunque quede un regusto amargo y una espina se nos clave en el paladar. Porque la obra es una pieza de teatro dura, descarnada, de realismo social desfavorecido, de pequeñas soledades, de fantasmas  que acechan la existencia de los personajes, de prejuicios, de dimes y diretes, de pozos oscuros.

Lauro Olmo supo reflejar con nitidez y sin sentimentalismos gratuitos la cruel sociedad española de los años 50 y 60. No me extraña que el estreno de La pechuga…  en aquella época no tuviera éxito. La gente no quería ver sus miserias representadas en un escenario. Y menos los gerifaltes y prebostes de la “cosa”, como se decía antes para referirse al gobierno, ayuntamiento, o poder en general.  Había que acallarla. Había que denostarla. Y como no tenía nada especialmente censurable, ¿qué mejor que hacerla caer por su propio peso?

Sin embargo La pechuga… denuncia. Y denuncia con elegancia pero sin medias tintas. Con elegancia porque lo hace a través de un texto fuerte y bello, al igual que lo hicieron en su momento Carlos Muñiz, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Max Aub, Fernando Fernán Gómez, Joaquín Dicenta (hijo), por poner solo unos cuantos ejemplos. Y sin medias tintas porque hay personajes creíbles que sufren, que están solos, que penan, que no saben cómo ahuyentar sus fantasmas.

Espléndidos todos los actores y actrices (esta es una obra de actrices). María Garralón, soberbia y jabata, tal cual; Nuria Herrero, desparpajo y sin pudor, vivaz y contumaz; Cristina Palomo, encarnando la desesperación por sacar unas oposiciones, perseverante, íntegra; Amparo Pamplona, perfecta en su papel de embajadora de lo más negro, el criticón por placer, la inquisición en sus últimas bocanadas; Natalia Sánchez, representando la falta de libertad, llevando encima su penitencia por un pecado perdonable; Alejandra Torray, la soledad, la desesperación, cargando con un sambenito que no le corresponde. Y ellos, con menos protagonismo, pero igual de solventes y acertados: Jesús Cisneros, Manuel Brun, Juan Carlos Talavera, Víctor Elías.

No puedo dejar de mencionar la excelente escenografía diseñada por Paloma Canseco, que nos hace ser un poco diablos cojuelos, testigos asépticos de dramas internos a la vista de todos. Y la impecable dirección de Manuel Canseco que consigue ese ambiente opresor de unos personajes que nos hacen sufrir con ellos.

La pechuga de la sardina es nuestra historia. Nos guste o no. Lo quisieran reconocer en su momento o no. Gracias por despertar de su sueño a este autor, Lauro Olmo, que apreció en sus carnes las calamidades de la sociedad en la que vivía. Y además hacerlo con esta brillantez. Habrá que celebrarlo comiendo unas sardinas.