Los Años Rápidos, nuestra historia

Alberto Morate

Cuando queremos darnos cuenta, la vida se ha pasado volando. Lo que creíamos que no iba a llegar nunca, de repente se nos presenta como algo que ha sucedido sin percatarnos apenas. De niños sin problemas a adultos con todo tipo de cargas. De vivir en un barrio que consideramos nuestro a habitar en los sitios más insospechados. De pertenecer a una familia a formar la nuestra propia.

Pero no todos los niños son auténticamente felices. Ni vivimos siempre donde queremos. Ni trabajamos en lo que nos gusta. Ni la familia nos llena por completo, porque hay que atender a los ancianos padres y cuidar de los hijos, y solventar rencillas familiares.

Los años rápidos hacen que volvamos a un pasado de más sombras que luces. Secun de la Rosa nos presenta en la dramaturgia y en la dirección una obra dura, difícil, real, emocional, escabrosa.

Ahí salen todos los trapos sucios de unos años que transcurrieron en una época gris de nuestra historia. Pisos de protección como cajas de cerillas, vecindad variopinta, un padre con miras altas que se queda mascullando en el bar sus desdichas a desconocidos, una madre que resignada solo le queda protestar para sí misma, una hija que deberá tomar el relevo de su madre y hacerse cargo de su padre y de su propia familia, otro hermano que se desentiende y hace su vida, y la tercera con todo su mal pasado a cuestas, ya otra persona, que ha tenido que hacerse a la dureza de las heridas y arrancarse ella misma las costras y por eso mantiene una alegría quizá desmedida, una energía positiva que la hace ser triunfadora a pesar de tantas desdichas.

Magnífico texto, magnífica puesta en escena, sobria, sin más aditamentos que la perfecta, y digo bien, perfecta interpretación de Cecilia Solaguren, que lleva su amargor en el rostro y en sus pausas y silencios. De Sandra Collantes, vitalidad arrolladora con ese deje de dolor que aún recuerda. Marcial Álvarez, impresionante en su rol de trabajador desubicado y sin salida. Y Pepa Pedroche, estupenda en la madre que se resigna y llora, que no dice lo que piensa, que no grita, que no olvida.

Como en un bucle del que es muy difícil salir, la historia vuelve una y otra vez a esa casa que necesitaría una mano de pintura y que hay que vender, para dejar atrás esos años que pasaron tan rápidos, pero que están ahí, y que pesan como una losa.

¡Ozú, MÁS APELLIDOS VASCOS, pues!

Alberto Morate

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Estamos necesitados de humor. El humor busca abrirse paso a través de las farragosas vidas cotidianas que tenemos que ejercer cada día. El humor nos salva, en numerosas ocasiones, del catastrofismo, de los reveses o, simplemente, de lo acostumbrado, de lo rutinario, de lo tan conocido que ya no nos asombra. ver más