Cielo Santo Cabaret

Alberto Morate

 

Las puertas del cielo se abren, pero no es san Pedro quien hace de cancerbero. Es Inés León quien nos invita a pasar a mejor vida. Mejor vida en el sentido de disfrutar, de ser un poco transgresores o pícaros, picantes, atrevidos, descarados, arriesgados, intrépidos, decididos, divertidos, acróbatas, artistas, y un poco ángeles, pero también demonios revoltosos, luz y magia, canción, baile.
Todo eso podremos encontrar en este cabaret de andar por las nubes, de bajar a las partes pudendas, de llevar al límite contorsiones con el cuerpo.
Hay riesgo. Riesgo de que un globo gigante explote, o de que nos mojen con el agua bendita de una ninfa que vuela y nos salpica, de que nos saquen a partir un palo con el trasero o de que dos amantes se sostengan con el equilibrio de un punto de sujeción del cuerpo. Hay humor en un Cupido egocéntrico y duende revoltoso que trastoca todo. Hay voz de un par de buenas canciones, y querubines voladores de perfectas sincronizaciones.
Todo mientras te tomas una copa y se pasa el tiempo como quien no quiere la cosa. Como si estuvieras en el Santo Cielo, pero en la trastienda de los grandes salones, en la carpa de un espacio “ClanDestino”, donde solo se permite la entrada a los que tienen ganas de vivir a tope.
Allí sufren placer, viven y sienten, Wilbur Víctor, Desko Amat, la propia Inés León,… y todos los que, por un casual o no, se acerquen a este cabaret de estrellas relucientes.

Lisístrata Cabaret

Alberto Morate

 

Desde que el mundo es mundo y desde que el sexo es sexo. A la par, yo creo que crecieron. Por eso, entre otras cosas, se ha ido poblando este planeta pequeño. Aristófanes ya sabía de eso. Y de teatro. 400 años antes de Cristo y ya se preocupaba por guerras, la del Peloponeso, por ejemplo, y en clave de humor escribe y representa argumentos relacionados con estos hechos. Y también, como hoy en día, hay obsesión por el sexo.

En Lisístrata se plantea algo impensable en ese momento. Que si la guerra no acaba, las mujeres no satisfarán el deseo de sexo de sus hombres. Que ya está bien de dejarlas solas, volver, echar uno rápido, y volver corriendo a partirse el ego. Lisístrata consigue convencer a sus correligionarias de que no practiquen más sexo mientras no se firme la paz y todos sus derechos. Huelga de sexo, de lo más difícil de llevar a buen término. ¡Qué bueno!
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El Cabaret de los Hombres Perdidos

Alberto Morate

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Hay veces que al autor se le escapan los personajes, como escribió en su día Pirandello, y deja de tener control sobre ellos. Hay veces que el autor cree tener el destino de las vidas de sus personajes en las manos y en el pensamiento, pero algo en ellos les hace rebelarse. Hay veces que los personajes son tan reales que quisieran estar vivos siempre.

Pero, ¿qué pasa cuando esos personajes se pierden en el laberinto de la duda o pretenden cambiar el destino de lo que el autor había pensado para ellos?

En El cabaret de los hombres perdidos se parte de un mundo miserable, escondido, fuera del circuito de lo convencional y las buenas maneras. Hay otras vidas, otras realidades, otros sentimientos, y no son peores (ni mejores) que los correctamente establecidos.

Los personajes creen que pueden salir de esa miseria, de ese inframundo, de la sordidez, de la soledad, del desamparo, de la angustia vital de lo que les está permitido.

Hay, en el libreto de Christian Simeón y en su adaptación a la realidad ibérica de Jorge Roelas, un mundo neblinoso, unas luces oscuras, una desnudez en carne viva. Pero también muchos guiños de humor, de juego, de complicidad con el espectador, de musical desgarrador, de teatro cruel, de parodia, de vodevil, de transgresión y de esperanza, pero no a partes iguales, porque pesa más lo dramático, aunque le quiten el hierro candente necesario para no quemarse en las emociones.

Poco a poco la obra va ganando en ritmo y en sensaciones. Vamos tomando cariño a los personajes a medida que los vamos conociendo, que se nos hacen familiares, que comprendemos sus penurias. Se nos van grabando en la piel al igual que al muchacho que solo quería ser cantante de éxito y triunfar como persona. Y los actores contribuyen, a pesar de sus intentos de distanciamiento y acercamiento, de sus provocaciones veladas y directas, a que la historia sea dura por su texto, complaciente en sus canciones, distinta por su forma de presentarla. Ignasi Vidal, Cayetano Fernández, Armando Pita y Ferrán González los interpretan creíbles e irónicos, divertidos y tremendos, atroces y humanos.

Grande este musical no al uso, excelentemente acompañado al piano por Germán Kucich. El director, Víctor Conde, nos relata esta historia amarga con guindas de frescor que proporcionan efectos secundarios, como los pintalabios que dejan manchas de carmín delatoras.

Nadie elige su destino, nadie puede cambiarlo, a no ser que entremos en un lugar siempre abierto donde se encuentran seres humanos perdidos que buscan ser comprendidos.