Aladino y la Lámpara

Alberto Morate

Una de las Mil y una noches, pero una tarde. Una tarde de domingo, fresca, apetece ir al teatro. Cobijarse al abrigo de una buena historia. La de Aladino y la Lámpara, por ejemplo. En el teatro que acoge y produce y presenta las funciones infantiles por excelencia. El Teatro San Pol. El que lleva más de treinta años ofreciendo montajes de calidad aunque los espectadores sean pequeños en edad. Que no en imaginación, en ilusión, en entusiasmo. Con la sabiduría de que también a los adultos les gustará, nos gustará.

No importa que conozcamos la aventura. Julio Jaime Fischtel nos lo presenta a su manera, sabiendo, porque los conoce, cuándo a los niños hay que darles marcha, ternura, misterio, humor,.. Y José Páez la dirige con la misma delicadeza. Todos, en realidad. Los actores, la escenografía, el vestuario. Nada se descuida.

Aladino se meterá en el bolsillo que no tiene de su pantalón, pero sí de su corazón, a los espectadores. Quim Capdevila, simpático y valiente, cariñoso y decidido. La princesa de difícil nombre, Badrulbudur, en realidad, Adriana Vaquero, dulce y sencilla, no parece una princesa, sí es una gran amiga. Y el genio, Carlos London, si le hacen más bueno, nos lo comemos con satisfacción. Al igual que al simpático Víctor Benedé, que le gustan los juegos más que a un estudiante el recreo. La madre, Natalia Jara, comprensiva y temerosa. Y el malo que no es tan malo, el Visir, Miguel Cazorla, contrapunto ideal de la historia. Todos buenos cantantes, estupendos actores, mágicos personajes.
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