Que hable La Voz Dormida

Alberto Morate

Hilos que entretejen una historia de persecución y distancia. De horror y soledad, y guerra, y penurias, incomprensión, injusticia, prisión, desesperanza.

Y aun así, nada impide que la vida intente brotar desde los vientres o desde las sonrisas. Desde el trabajo, desde la ilusión, desde una alegría escondida, pero que está ahí, agazapada.

Pepita, uno de los personajes de La voz dormida de Dulce Chacón, habla con el aire. Teje en su máquina de coser la historia de tela de araña que tendrá que romper para poder hacerle frente. Ya no puede estar por más tiempo callada. Hablar sirve para recordar, dice, y hay que sobrevivir para contarlo. Para que no se olvide, para que no haya más muertos sin que hayan hecho nada.

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La línea del horizonte, siempre queda lejos

Alberto Morate

Siempre los sueños. Siempre La línea del horizonte. Siempre la ilusión y el deseo. Siempre, hasta que alguien llega y nos intenta abrir los ojos. O nos dice que esa línea del horizonte nunca la alcanzaremos.

No es cierto. Se puede llegar. Pero hay que hacerlo paso a paso. Aunque también es cierto que muchos se han quedado en el intento. Y otros, cuando llegan, ha sido a base de sacrificar otras cosas, o de ceder, o de ir contra principios y sentimientos.

De eso va La línea del horizonte, de Carlos Atanes. Simplemente nos plantea que no todo es gratuito, que no nos engañemos. Y lo hace con un texto elegante y bien situado históricamente. Pero en un lugar de donde ya no se puede escapar. Un barco en medio del océano. No hay vuelta atrás. Y en una época de nuevas oportunidades, ya ha pasado una gran guerra, no saben que habrá otra, y otra, y eso sin contar las guerras internas y personales de cada uno, en las que nunca se sabrá quién venció y quién sale derrotado. Pero siempre será el más débil. En este caso, la artista ingenua e ilusionada, porque aunque abre bien los ojos, la línea del horizonte siempre quedará lejos.

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Carta al padre, misiva con respuesta

Alberto Morate

Lo habitual es que una carta dirigida al padre comience por… Querido padre… Sin embargo, Franz Kafka no podría utilizar ese término, aunque le quede el poso de quererlo o, por lo menos, de haber intentado quererlo.

Pero Franz Kafka se desnuda frente a ese padre autoritario para enseñarle las cicatrices que tiene sin haberlo golpeado nunca. Se desnuda emocionalmente. Impasible, el padre, fuma y escucha, se ríe, se reafirma en su actitud despreciativa y omnipotente. Solo hablará al final, para increpar a un hijo, que parece pusilánime, que se deje de persecuciones, soledades, desamparos y tristezas esquizoides. Solo la madre, que aparece casi como un retrato inerte, intenta comprenderle.

No es de extrañar que Kafka escribiera La Metamorfosis, por ejemplo, o esta Carta al padre que hoy nos trae versionada para teatro José Sanchis Sinisterra. La convierte en un juicio para que seamos nosotros, espectadores, los que determinemos la gravedad de las emociones. Y Víctor Boira y Jorge de las Heras, nos lo presentan con la conciencia bien despierta, con los recuerdos a flor de piel, con la angustia necesaria y el valor necesarios para decirle de viva voz lo que nunca se atreviera.

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Animales heridos

Alberto Morate

Los animales buscan refugio, cuando se sienten heridos, para lamerse las heridas. A veces se apartan de la manada y solo vuelven cuando consideran que pueden integrarse otra vez de pleno derecho.

Sin embargo, el animal humano huye unas veces para que no le vean y no tener que enfrentarse a la humillación, o pretende que todos estén pendientes de su mal.

Román tiene heridas, aparentemente cicatrizadas, y por eso vuelve. Tiene heridas por los cuatro costados de su vida y su corazón. Antes de que la herida se hiciera más profunda decidió escapar. No sabemos si por no tener que enfrentarse a sí mismo o porque realmente buscaba un consuelo que nadie podía darle. Pero la que realmente quedó herida fue Ceci, aunque ya sabemos que las “hembras” de cualquier especie son mucho más fuertes.

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La disputa entre Voltaire y Rousseau

Alberto Morate

El texto. La palabra. Las ideas. La filosofía. La ilustración. Y, en escena, la interpretación, dos grandes escritores, dos grandes actores.

Una puesta en escena con elegancia, sobria pero detallada, como nos tiene bien acostumbrados Josep María Flotats, y al que ahora le acompaña un enorme Pere Ponce. Un texto de Jean-François Prévand, Voltaire/Rousseau. La disputa, y dos conceptos de entender la vida, el conocimiento, el pensamiento, la cultura, la sociedad.

Desde el inicio ya vemos que hay tiranteces entre ambas personalidades. Y, sin embargo, con la educación que les caracteriza por la época y con las armas de la inteligencia y la dialéctica, ambos se van tirando pullas, se muestran irónicos, displicentes, discretos, directamente atacantes, los dos creen estar por encima del bien y del mal, uno a favor de las corrientes intelectuales y artísticas y el otro despotricando de ellas pero haciendo uso de las mismas.

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Yogur Piano

Alberto Morate

Solo quiero saber qué estamos haciendo aquí, dice uno de los actuantes, y terminamos (o empezamos) de la misma forma.

Yogur Piano no resuelve dudas, las plantea. No crea conflictos, se los encuentra. No pretende filosofar, pero lo hace. Yogur Piano va fermentando, aunque no tiene fecha de caducidad y el piano puede hacerse sonar con varias voces.

Esas voces que hay que dar para hacerse oír en un mundo de ruidos y músicas repetidas. Voces que hablan, pero voces que callan. Encuentros fortuitos. Al final todos hemos venido solos y la excusa de un cumpleaños es tan válida como el hecho de no tener excusa. Porque sí. Porque no sabemos quiénes somos en el fondo y nos quedamos con lo que los demás ven de nosotros. La realidad ficticia de la percepción de los otros.

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La Flauta Mágica de Mozart

Alberto Morate

Es de valientes, como el protagonista de esta historia, de gente que busca la luz, la verdad, el buen camino, como en el cuento/ópera de Mozart y Emanuel Schikaneder La Flauta Mágica.

Estoy hablando del Teatro San Pol y la Compañía La Bicicleta que desde hace más de 30 años ofrecen producciones teatrales de calidad pensando en los espectadores infantiles y en el público familiar.

Con La Flauta Mágica vuelven a apostar por todo lo dicho anteriormente. Yendo a su teatro uno se encuentra como en casa, apreciando y disfrutando de buenos argumentos, clásicos y actuales, de excelentes escenografías, solventes directores de escena, magníficas composiciones musicales, formados y profesionales actores que interpretan, cantan y bailan, y todo el personal de la sala, que acoge a los niños, padres y profesores con un calor y una delicadeza exquisitas.

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La cantante que no podía cantar

Alberto Morate

Es La CantantePero podría haber sido cualquier otra profesión. Y así ha sucedido durante siglos pasados. En este caso es por la edad, pero anteriormente era por el simple hecho de ser mujeres.

Una mujer tiene que disfrazarse de hombre para intentar triunfar y ser reconocida en lo que hace bien per se, por preparación, por entusiasmo, por agallas, por dedicación, por talento. Pero si a eso le añadimos que también cumplir años supone una barrera infranqueable para poder desarrollar un trabajo reconocido socialmente, valorado económicamente, admirado artísticamente, supondrá que esa mujer  tiene que trabajar el doble o el triple que un hombre.

Desde la Monja Alférez, caso real, pasando porque las actrices ya estaban mal vistas y se las consideraba de “carácter alegre”, hasta los personajes de ficción que reflejan esa sociedad machista e imperante entonces, Don Gil de las calzas verdes, El valiente Céspedes, Las manos blancas no ofenden, por poner algunos ejemplos, nunca las mujeres han dejado de pasarse por su antónimo masculino.

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El Plan

Alberto Morate

Los planes casi siempre, o muchas veces, se desbaratan si poder hacer nada por remediarlo. Uno se monta sus pájaros en la cabeza, es una especie de renacimiento personal, sabiendo o creyendo que uno es el centro de sí mismo. Pero, sin olerlo ni comerlo, de repente, o muy poco a poco, casi porque el camino trazado nos ha impedido salirnos de la trayectoria marcada, todo se viene abajo. La meta siempre queda muy lejos. Sí, es verdad que se van consiguiendo pequeños logros, pero por alguna oscura razón, nunca es como lo habíamos imaginado. Y entonces solo queda tomar dos opciones: o aceptarlo y conformarnos, aunque sea protestando, o lamentarse e intentar cambiar los designios previstos, aunque no sepamos cómo.

Es como un juego de las tres en raya, que unas veces se gana y otras se pierde, pero cuesta un horror que las tres fichas se alineen ni siquiera en golpes de suerte porque, a la postre, la partida dura poco.

En El Plan de Ignasi Vidal, el autor y director vuelve a sorprendernos con un golpe de efecto en un texto trabajadísimo, popular, cercano, nuestro. Lo que parece más o menos cómico, intrascendente, cotidiano, vulgar incluso, lo que nos pasa a todos, el paro, los engaños de pareja, la amistad a pesar de todo, las ilusiones truncadas,… de pronto se convierte en algo terrible, impensable, fuera de lógica, dramáticamente posible.

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La esfera que nos contiene, justa memoria

Alberto Morate

La memoria. Que no se pierda nunca la memoria, esa memoria que nos cuenta de los horrores, de la precariedad del oficio de algunos hombres y mujeres que creían en la cultura, la educación, en la grandeza de las palabras, del conocimiento como salvación personal, a pesar de tener que hacerlo contra elementos toscos y hoscos que pensaban que educar en libertad era estar poco menos que al servicio de los demonios.

La esfera que nos contiene somos todos. Nadie está por encima o por debajo, nos dicen, y es verdad, siempre hay algo nuevo, distinto, que tenemos que descubrir, arriba o abajo, o en los lados.

Aunque se sigan empeñando en cerrar los ojos y en hacer oídos sordos.

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