La Casa de Bernarda Alba, ¡silencio!

Alberto Morate

 

Cuando es el final, el culmen de esta gran obra, de esta gran tragedia de Lorca, nuestro Lorca, los espectadores miran al suelo. O al infinito. O a su interior. Es tan dura la escena, de tanto dramatismo, que nos da apuro mirar la desgracia cara a cara. Soberbio. Pero las actrices que están en el escenario tienen el corazón roto como una granada que ha estallado. Hecho pedazos. Hay tensión, tragedia, silencio. El silencio que pide Bernarda para ocultar lo que estaba sucediendo. No quería verlo. Y mira que Poncia lo estaba advirtiendo. Pero se va mascando el dolor, los sentimientos que quieren manifestarse a toca costa; no es el potro garañón el que da coces, es la palabra, es el amor, es el sufrimiento.
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Lisístrata Cabaret

Alberto Morate

 

Desde que el mundo es mundo y desde que el sexo es sexo. A la par, yo creo que crecieron. Por eso, entre otras cosas, se ha ido poblando este planeta pequeño. Aristófanes ya sabía de eso. Y de teatro. 400 años antes de Cristo y ya se preocupaba por guerras, la del Peloponeso, por ejemplo, y en clave de humor escribe y representa argumentos relacionados con estos hechos. Y también, como hoy en día, hay obsesión por el sexo.

En Lisístrata se plantea algo impensable en ese momento. Que si la guerra no acaba, las mujeres no satisfarán el deseo de sexo de sus hombres. Que ya está bien de dejarlas solas, volver, echar uno rápido, y volver corriendo a partirse el ego. Lisístrata consigue convencer a sus correligionarias de que no practiquen más sexo mientras no se firme la paz y todos sus derechos. Huelga de sexo, de lo más difícil de llevar a buen término. ¡Qué bueno!
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Cuento de Navidad, siempre

Alberto Morate

 

Hay cosas que se repiten periódicamente y no importa que suceda. Al contrario, si en una época faltan, se echan de menos y se recuerdan con nostalgia. En el período de Navidad es también lógico que se arraiguen ciertas tradiciones.

Entre ellas está recordar el gran argumento del insigne y estupendo escritor Charles Dickens con su Cuento de Navidad. Esencia pura de ese espíritu benevolente que nos acompaña en estas fechas de reencuentros, de deseos de felicidad, de regalos, de ayudas a los necesitados, de villancicos y de nieve, de balance de todo un año, de propósitos nobles y de mejora,…. En definitiva, la Navidad con todos sus alicientes.

Y, por tradición, poner en pie esta historia de una manera o de otra, nos hace reflexionar sobre las relaciones sociales, sobre penurias y soledades, sobre necesidades, arrepentimientos y quereres.
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Aire Siempre de Viaje

Alberto Morate

 

Si estás porque piensas en irte y si estás fuera porque te pienso. Desde que te conozco, desde que nos conocemos, la atracción y el desencuentro. Te necesito y quiero estar solo. Si estoy solo te busco, no sé por qué me pasa esto.

Hay algo más que amor, porque amar es la ausencia. Hay querer queriendo, pero lo que no hay es vuelta atrás, aunque en el texto haya saltos al pasado todo el tiempo. Pero no son saltos al recuerdo exactamente, son vivencias, son sentimientos que nunca pasan del todo porque quedan dentro.

Nadia y Fer, viven y sienten, en uno y lejos. Fer y Nadia dando vueltas en bicicleta al universo interno, círculos amarillos y azules para no llegar al verde que da la calma, nada es como antes, nada fue como supusieron. Pedaleando uno llega donde no se espera, y el viento, a veces, nos impide avanzar y nos frena, porque el viento es Aire siempre de viaje, y tiene envidia del que se queda, y tiene celos del que avanza porque quiere ser su compañero.

¡Qué buen texto! De Sara García Pereda. Y Pablo Canosales que lo asume como poema hecho teatro, al que hay que hacerlo de carne y hueso, emanando emociones, volviendo, siempre volviendo. Tanto el que se marcha, como la que se queda, que quizás ha ido más lejos, como el director que se busca a sí mismo y quiere que lo encontremos, como el texto que fluye en sus versos, en su ritmo interno.

Y Violeta Orgaz y Juan Caballero que se compenetran incluso cuando no se miran. Que cuando se miran, se besan, que se les nota el abismo en el medio. Que aportan su propia sensibilidad y un enorme esfuerzo. El esfuerzo de creérnoslos. Lo consiguen. Uno disfruta con esta amalgama de colores, de pensamientos, de buena interpretación, de palabras, de silencios, de fuego, de pasión, de emociones, de recuerdos, de teatro sincero. Que el Aire siempre de viaje se quede con ellos.

El candidato

Alberto Morate

Escena de la obra de teatro El candidato, en la que aparece una protagonista con una gran capa al lado de una estatua.

 

Que todos somos candidatos, tarde o temprano. Desde que nacemos. Candidatos a un puesto de trabajo. Candidatos a una forma de vida. Candidatos a un pensamiento, o varios. Candidatos a sufrir, candidatos a amar, candidatos a perdernos por los caminos insondables de la suerte que nos ha tocado, de los laberintos, de la familia, de los sentimientos.

El Candidato de Miguel Ribagorda, en este caso, es un monje que aspira a ser santo. Mañana será un político no corrupto (si es que quedaran), pasado podemos ser nosotros mismos. La cuestión es que nos espera la gloria efímera o el más absoluto de los obstracismos. ¿Qué es en realidad lo que queremos?

Lo dirige David Ojeda pero, en realidad, es un ángel cabaretero. Se suceden imágenes fantasmales y recuerdos. La tentación y el pundonor. Los remordimientos. El deseo. Es un cúmulo de palabras, situaciones, texto, canciones, gárgolas, misterios. Y todo dependerá de responder bien a una sola pregunta.

Pero esa pregunta es una pregunta sobre la vida. Sobre lo que uno siente por dentro. Sobre los miedos y las frustraciones, sobre las pasiones, sobre el querer seguir siendo.

El propio Miguel Ribagorda lo interpreta junto con Fran García Y Virginia Hernández. Arriesgan, gritan, se arrastran, rezan, bailan, seducen, sufren,… tan real como la vida misma, aunque en el escenario sea una farsa. ¿O es en la vida dónde es una farsa? ¡Cuidado!, porque el próximo candidato puede que sea usted, aun sin saberlo.

De Caperucita a Loba en solo seis tíos, del drama al humor

Alberto Morate

Marta González de Vega comienza directa y sin tapujos. Y lo deja bien clarito: hay que tomarse las cosas con humor. Porque no te llevas tantos berrinches, porque al final va a dar lo mismo, porque todo se ve desde otra perspectiva, porque un tío no merece la pena. ¿O sí?

La escritora y actriz hace un auténtico estudio (divertido) de las relaciones interpersonales entre hombres y mujeres. Para ello se apoya en las siempre científicas sentencias del gran Eduardo Punset, que corroborará cada una de las teorías del trabajo de campo realizado por la protagonista.

Ya desde el principio interactúa con el público y quiere enterarse de con cuánta frecuencia hacen el amor los espectadores. Sabiendo que mentirán descabelladamente. Pero Marta no se amilana, y pasará a relatar cuáles son las diferentes posibilidades de encontrarse en una relación de pareja. Y de convertirse en una ingenua y sencilla Caperucita querrá pasar a ser una Loba  que no está dispuesta a sufrir los envites del amor ni sus desatinos y sufrimientos.
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No hay mejor defensa que un buen tinte

Alberto Morate

Volvemos a la peluquería “Corta Cabezas”, con el riesgo de que vuelvan a secuestrarnos, pero a base de risas y despropósitos. En esta ocasión, el pulcro Fernando, interpretado por Mario Alberto Díez, ya es el dueño del establecimiento y, contra todo pronóstico, admite que su negocio se vea acrecentado y próspero por el empeño de sus dos nuevos empleados. Martha y Gustavo, los actores Carmen Navarro y Fran Arráez respectivamente, consiguen que acudan a cortarse el pelo, teñirse, hacerse rizos, o las mil y una posibilidades peludas del cuero cabelludo, desde el mindundi mayor de reino, hasta la mismísima Salma Hayek. Sin embargo, su empleada y socia guarda un secreto, un misterio que hará que sus dos hijos gemelos, después de varios años, quieran sacarle todo el dinero que atesora, no sabemos exactamente por qué. Pero la doble o triple personalidad de Gustavo se convertirá en el peor enemigo de estos ingenuos vástagos. Y de ir a extorsionar a su desvalida madre, acabaremos asistiendo a una comedia de locura y excentricidades, un poco gore sin recrearse en ello, con un algo de teatro policiaco y del absurdo, y un mucho de comedia de enredo.


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Esencia, poesía bailada del amor “Cortés”

Alberto Morate

Esencia es aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. Es lo más importante y característico de algo. La Esencia de Joaquín Cortés es su arte. Es su baile, su música, su sentido del espectáculo.

Es su expresividad aérea y terrenal que retumba y hace acompasar los latidos del corazón. Es la música flamenca de guitarras y cajones peruanos, fusionados a la perfección con violonchelos, violines, trompetas, pianos, baterías, contrabajos, tambores y panderos. Y las palmas y los brazos de las bailaoras y las voces desgarradas de los cantaores.

Esencia es el rasgueo de la guitarra que produce el sonido del mar. “Corazón malherido por cinco espadas” que saca la esencia de todo su sonido con toda la fuerza.
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Sueño de sueño

Alberto Morate

Cuando uno llega a viejo le ocurren muchas más cosas que solamente estar pensando en morirse. Si uno tiene la vitalidad suficiente y, más o menos, el intelecto en su sitio, no se conforma con que lo cuiden. Quiere soñar. Quiere vivir intensamente, como si no se hubieran cumplido años.

Andrés Lima nos pone en escena un mundo geriátrico, sí. Pero también un mundo de ensoñación y, al mismo tiempo, real, tangible, de vindicación de los sentidos.

Cuando don Quijote está en el lecho de muerte se vuelve cuerdo, y los que están cerca de él se preguntan si no hubiera sido mejor que mantuviera su locura. En Sueño, el padre, interpretado por un gran actor como es Chema Adeva, no es que se vuelva loco sino que revive sus emociones, su pasado “bailado”, su juego de dobles matices, relaciones, ensoñaciones, lo que, posiblemente, le hubiera gustado vivir hasta las últimas consecuencias. Y también tiene a su fiel escudero, en este caso La loca, a la que da vida una excelente Laura Galán.
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Refugio, de palabras y silencios

Alberto Morate

Por la boca muere el pez. Por la palabra y los gritos, lo que se dice y lo que se calla, lo que se habla y no se entiende, lo que aparenta y lo que se siente.

Esclavos de las opiniones que se vierten, de lo que se dice y no se hace, de lo que se desdice y se rectifica, de lo que nunca tenía que haberse pronunciado.

Miguel del Arco toca con Refugio algunos temas que se entrelazan, que llevan de una cosa a otra, a mostrarnos una democracia interesada y no real, a una familia desestructurada pero aparentemente arraigada en lo social, de una conciencia que remuerde.


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