La autora de Las Meninas

Alberto Morate

Pocos cuadros como el de Las Meninas tienen tantas lecturas, interpretaciones, visiones diferentes, adaptaciones, versiones, re-creaciones, ensayos, estudios, hipótesis, reflejos,… yo diría que casi tantos o a la par que la esencial figura de nuestro don Quijote. De tal manera que se convierte en mito y todos tienen derecho y opción a hablar de ellos. Y, en concreto, sobre el cuadro de Las Meninas, visitado diariamente por miles de personas que se quedan admirados de la prodigiosa obra de arte.

Pero, hete aquí, que Ernesto Caballero, a la sazón, director del Centro Dramático Nacional, dramaturgo, director de escena, profesor,… y ante todo hombre cabal y coherente, se le ocurre que qué pasaría si se hiciera una copia exacta del famoso cuadro de Velázquez. Lo que debiera ser algo anodino e intrascendente, porque no dejaría de ser una copia por muy bien que se haga, se convierte en un texto teatral de grandes dimensiones, como el lienzo. Como en él, con claroscuros, con personajes enigmáticos, con rostros bien definidos y otros a los que solo se les ve a través de espejos y una atmósfera inquietante y sugerente. Las Meninas que cobran vida de forma diferente.
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Bodas de sangre, la oscura raíz del grito

Alberto Morate

Con un cuchillo, con un cuchillito, se puede rasgar la carne de un hombre. Con ese mismo cuchillo se puede tentar a la muerte. A Lorca no lo mató un cuchillo, pero también habla en Bodas de sangre de pistolas y venganzas. De vaticinios de muerte. De enfrentamientos sin sentido. Y el agua que corre por el río está manchada de sangre, de barbas granate. Esta tragedia rural es un modelo de construcción dramatúrgica. De personajes heridos, de soledades,… Es también la voz del pueblo, el qué dirán, los dimes y diretes, unos contra otros, y el suelo que tiene sed, como los cuerpos tienen hambre de amor y sexo.

Pablo Messiez, en su lectura para el Centro Dramático Nacional, le ha quitado dramatismo. Tragedia. Rudeza. Lo ha trasladado a nuestros días, pero no es lo mismo. La fiesta de la boda no es una fiesta premonitoria. Los personajes parece que no se encuentran previamente. Es como si todo surgiera de repente. Y no. La muerte debe mascarse desde el principio. Sí, la muerte anda desnuda por los caminos, pero no es suficiente. No es necesario acercar esta tragedia a nuestros días, porque todos los días está ocurriendo. Y lo sabemos. Y queremos mascar el polvo de una tierra yerma, que hay que sacar adelante con mucho esfuerzo. Y de una madre sola que ve cómo su hijo camina hacia al abismo. Y cómo Leonardo no puede gritar de repente, “esta canción me encanta” y bailar como si no estuviera urdiendo convertir las bodas en sexo primero, es sangre después. En los bailes no hay un macho y una hembra hambrientos de cuerpos. Una madre que sufre por dentro. Una mujer desolada y que intuye un destino más sola todavía. No hay una navaja de plata afilándose y brillando al rayo de la luna desnuda. No hay un grito, una tierra de sangre y lágrimas, donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito.

Menos mal que tenemos el texto, la poesía, el argumento imperecedero de Lorca y su cuchillo. También Gloria Muñoz, en una madre rota por dentro y por fuera nos conmueve. Lola Membrives y Margarita Xirgú representaron Bodas de sangre. María Guerrero no lo hizo, pero ya que estamos en su teatro, que resuene ese grito trágico es magnífico.

SÉNECA o el beneficio de la duda

Alberto Morate

Luci Anneo Séneca, o el estoicismo personificado. Hierático, filósofo y escritor, también fue tutor de Nerón. Había que ganarse las habichuelas, aunque, supuestamente, despreciara el valor del dinero.

Antonio Gala nos lo rescató como personaje teatral allá por el año 1987. Reconozco que no vi aquel montaje. Por lo tanto, no puedo contrastar las diferencias o similitudes con este otro que dirige Emilio Hernández en el Centro Dramático Nacional. En definitiva, también daría lo mismo.


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Escuadra hacia la muerte

Alberto Morate

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Cuando ya desde pequeño empecé a interesarme por todo lo relacionado con el teatro, como título y obra que guardo en mi memoria desde entonces, está Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre. Había otros títulos, lógicamente, Historia de una escalera, Tres sombreros de copa, las obras de Lorca, algo de Casona, un poco Valle, Arrabal, y, por supuesto, los clásicos del barroco. Pero la obra de Sastre, esa Escuadra hacia la muerte, me producía un gran respeto. Y admiraba a sus intérpretes aunque yo no pudiera verlos en directo. Cuando se estrenó yo aún no había nacido. Pero los más mayores que yo me hablaban de ella, y veía las fotos, y la leí, y ya me pareció fuerte, arriesgada, dura.

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La Rosa Tatuada

Alberto Morate

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Aitana Sánchez-Gijón en su personaje de Serafina, vive en el límite. En el límite del amor por su marido, del que presume, hasta que queda viuda. En el límite de su desconsuelo cuando llora esa pérdida irremediable. En el límite cuando conoce la verdad y, al mismo tiempo, conoce a Álvaro, Roberto Enríquez, que la sacará de su ensimismamiento, reclusión y empecinamiento.

Como nos indica Carme Portaceli, la directora, en el programa, La Rosa Tatuada de Tennessee Willimas, es un drama vivo. Un drama esperanzado en el que no nos podemos quedar lamiendo las heridas eternamente. Hay que salir al mundo, a la vida, y plantarle cara. No vendrá la virgen a producir ningún milagro. El milagro tiene que estar en nosotros mismos.

Con una puesta en escena exquisita, una interpretación totalmente creíble, vivida, un ritmo perfectamente equilibrado y un conjunto de actores bien conjuntados, la representación transcurre ágil, activa, real.

Tennessee Williams, como en otras obras suyas, mezcla la realidad y el sueño. El ostracismo de Serafina frente a las ganas de volar de su hija, Rosa (Alba Flores), la soledad frente al deseo de salir al mundo. Las creencias religiosas y fanáticas frente al paganismo del sexo, de las relaciones emocionales, de los sentidos. Se mete en la piel de unos personajes supersticiosos, solitarios, desafortunados. Y los quiere dotar de cierta esperanza, de alegría, de necesidad afectiva.

Carme Portaceli así lo entiende, y los trata con cariño. Sin obviar la miseria interna que arrastran, los hace humanos, con sus prejuicios y sus temores, sus altibajos emocionales. Y Aitana Sánchez-Gijón y Roberto Enríquez y todo el elenco, prestan a sus personajes la experiencia y calidad de sus registros. Solamente por eso ya merece la pena acercarse al Teatro María Guerrero a ver esta producción del Centro Dramático Nacional.

El Testamento de María, sufrimiento de mujer

Alberto Morate

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Quiero ser Blanca Portillo. Quisiera interpretar como lo hace ella. Quisiera que todos la vieran. Quisiera sentir como ella. Blanca Portillo abre el escenario con su llanto, con su voz que modula a la perfección, con su presencia. Hace mujer la mística que nos enseñaron desde pequeños. Pulveriza todos los registros. Nos sobrecoge y nos embelesa.

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Los caciques aún están vigentes

Alberto Morate

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Acabo, como quien dice, de salir de ver Los caciques de Carlos Arniches en el Teatro María Guerrero, sede del Centro Dramático Nacional. Satisfecho, risueño y concienciado al mismo tiempo, integrado en la sociedad de hoy y reconociendo que, en ciertos aspectos, poco ha cambiado el sentir político de algunos dirigentes. Por desgracia.

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El decadente Jardín de los cerezos

Alberto Morate

Cuando la primavera llega a todos nos gusta contemplar desde una atalaya los almendros y los cerezos en flor. Esa explosión de blanco color que nos anuncia el principio del verano, las tardes apacibles, los días más largos, la calma o, simplemente, la mera satisfacción de una visión agradable a los sentidos.

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Trilogía de la Ceguera, teatro de angustia

Alberto Morate

Quizás por el título de esta crónica a más de uno se le quiten las ganas de ir a ver Trilogía de la ceguera, ya que a nadie le gusta pasar un mal rato, o un momento angustioso, o alguno pensará que para ir a sufrir ya está la vida de todos los días. Sin embargo, este drama que engloba sendas obras de Maeterlinck es verdaderamente recomendable.

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La Pechuga de la Sardina y sus espinas

Alberto Morate

Cuando uno tiene hambre se dice que se comería un buey, aunque lo más normal es que como mucho lo que se pueda llevar a la boca sea un trozo de pan, o “la pechuga de una sardina”. Esto si hablamos de hambre gastronómica, naturalmente. Pero cuando uno tiene hambre de teatro, hambre de comunicación, hambre de arte, de disfrute escénico, entonces, hay que ir a comerse La pechuga de la sardina en el teatro Valle Inclán en producción del Centro Dramático Nacional.

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Y uno sale muy satisfecho. Porque ha podido degustar buenas raciones de interpretación, de buen texto, de “delicatesen” de puesta en escena, saborear esa sardina (aunque tenga espinas), como si fuera el mejor de los mariscos.

Aunque quede un regusto amargo y una espina se nos clave en el paladar. Porque la obra es una pieza de teatro dura, descarnada, de realismo social desfavorecido, de pequeñas soledades, de fantasmas  que acechan la existencia de los personajes, de prejuicios, de dimes y diretes, de pozos oscuros.

Lauro Olmo supo reflejar con nitidez y sin sentimentalismos gratuitos la cruel sociedad española de los años 50 y 60. No me extraña que el estreno de La pechuga…  en aquella época no tuviera éxito. La gente no quería ver sus miserias representadas en un escenario. Y menos los gerifaltes y prebostes de la “cosa”, como se decía antes para referirse al gobierno, ayuntamiento, o poder en general.  Había que acallarla. Había que denostarla. Y como no tenía nada especialmente censurable, ¿qué mejor que hacerla caer por su propio peso?

Sin embargo La pechuga… denuncia. Y denuncia con elegancia pero sin medias tintas. Con elegancia porque lo hace a través de un texto fuerte y bello, al igual que lo hicieron en su momento Carlos Muñiz, Antonio Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Max Aub, Fernando Fernán Gómez, Joaquín Dicenta (hijo), por poner solo unos cuantos ejemplos. Y sin medias tintas porque hay personajes creíbles que sufren, que están solos, que penan, que no saben cómo ahuyentar sus fantasmas.

Espléndidos todos los actores y actrices (esta es una obra de actrices). María Garralón, soberbia y jabata, tal cual; Nuria Herrero, desparpajo y sin pudor, vivaz y contumaz; Cristina Palomo, encarnando la desesperación por sacar unas oposiciones, perseverante, íntegra; Amparo Pamplona, perfecta en su papel de embajadora de lo más negro, el criticón por placer, la inquisición en sus últimas bocanadas; Natalia Sánchez, representando la falta de libertad, llevando encima su penitencia por un pecado perdonable; Alejandra Torray, la soledad, la desesperación, cargando con un sambenito que no le corresponde. Y ellos, con menos protagonismo, pero igual de solventes y acertados: Jesús Cisneros, Manuel Brun, Juan Carlos Talavera, Víctor Elías.

No puedo dejar de mencionar la excelente escenografía diseñada por Paloma Canseco, que nos hace ser un poco diablos cojuelos, testigos asépticos de dramas internos a la vista de todos. Y la impecable dirección de Manuel Canseco que consigue ese ambiente opresor de unos personajes que nos hacen sufrir con ellos.

La pechuga de la sardina es nuestra historia. Nos guste o no. Lo quisieran reconocer en su momento o no. Gracias por despertar de su sueño a este autor, Lauro Olmo, que apreció en sus carnes las calamidades de la sociedad en la que vivía. Y además hacerlo con esta brillantez. Habrá que celebrarlo comiendo unas sardinas.