Ejecución Imparable

Alberto Morate

Dentro de la Muestra de Nuevos Creadores Escénicos que se lleva a cabo en Nave 73, denominada Imparables, con propuestas surgidas desde grupos egresados de la RESAD, la Escuela Municipal de Arte Dramático de Madrid y el estudio Juan Codina, podemos asistir a variados montajes innovadores y arriesgados que nos llevarán a las Antípodas, donde Nada se pierde ni puede perderse, o estaremos asistiendo a una Ejecución para a las 4:48 Desaparecer, por poner algunos ejemplos de los títulos.

Y, efectivamente, es “imparable”

No quieren pararse. Y uno de sus montajes, Ejecución, escrita y dirigida, podríamos decir ejecutada, por Xus de la Cruz, nos abre, o nos cierra, quién sabe, un punto de vista de ojos vacíos.

De ojos sangrantes, de ojos verdes traidores y de muerte, de milagros venidos a menos, de desolación, de eternidad, de culpa, de repetición, de vuelta al pasado, de futuro que no llegará nunca, de desgracia e infantilismo, de penitencia y no salvación, porque estamos abocados a una ejecución en toda regla, perpetrada por el propio padre y la desubicada madre, por la niña que no come que no será tan inocente, por la virgen preñada que habla con dios padre, por la mirada y por el silencio de los espectadores.

Esta función te descoloca, te pone en la picota del garrote vil, y te deja acogotado en la butaca, sin palabras, casi sin respiración por la tuerca que se va apretando, con los ojos bien abiertos, hasta que se salgan de sus órbitas.

Notable trabajo el de Yolanda de la Hoz, Beatriz Dávila, Xavier Artieda y Cristina Subirats, que se desviven en el empeño, porque así como sin querer, ya estaban muertos, en sus personajes, claro, que ellos los reviven con acierto.

Acróstico de Celestina, la tragicomedia

Alberto Morate

Como un torrente que se lleva por delante prejuicios y formas habituales de hacer teatro,…

Esta Celestina, se mueve al latido de un agua brava que empuja hacia el escenario

Lectura fervorosa y particular de Ricardo Iniesta, que nos la presenta con todos los respetos

En un montaje cargado de ritmo, imparable, soberbio…

Sintiendo casi los latidos del corazón de los actores que lo están interpretando

Teatro por los cuatro costados, teatro ancestral que viene de nuestros antiguos antepasados

Inmenso, impoluto, que imana arte y destreza desde un trabajo concienzudo y emocionado

Nos clava en la butaca, asombrados y sonrientes, porque seduce desde el primer momento

A pesar de que ya conocemos el texto, o precisamente por eso
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De príncipes y coristas está el mundo lleno

Alberto Morate

Desde tiempos inmemoriales. Grandes políticos, regidores, gobernantes, financieros, empresarios, simplemente millonarios, quieren divertirse, pasar una noche loca, entretenerse, buscar una salida a su soledad.

Y habrá una corista, o una secretaria, una actriz, una empleada cualquiera, una dependienta, que halagada por los fastos que le presentan, caerá en la trampa. Lo que pasa es que se trocarán las expectativas. Y la mujer no será tan tonta como parecía ni el hombre tan prepotente como se le suponía.

Así es El príncipe y la corista, de Terence Rattigan, dramaturgo inglés del siglo XX, que suele retratar una sociedad burguesa y apolillada.

Con temas como la soledad, los desengaños amorosos, la incomunicación, infidelidades,… En este caso además hay intriga política, humor, enredos en las relaciones.
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Wenses y Lala, una historia de corazón

Alberto Morate

Cuando vas al teatro y ves una función come esta, de ternura, de amor, de corazón, de amistad, de amor, de penurias, de sentimientos,… y se te pone un nudo en la garganta y en el pecho y agua en los ojos, como dicen en el texto, y quieres saber más de esos personajes humanos, `fieramente humanos’, sensibles, cariñosos, tímidos, reales, sencillos, cercanos,… entonces, crees en la puesta en escena, en las virtudes del teatro en sí mismo, te haces mejor persona, crees en la necesidad de comunicarnos, en conocernos, en la emoción que produce en el corazón lo que estamos viendo, en el arte de la interpretación.

Con una historia de Adrián Vázquez, la actriz y directora Elena Olivieri, nos coge de la mano y nos entrega una bellísima representación que no tiene fronteras, que es un canto de amor, una lumbre encendida, el sabor de la sangre en dos personas que son árboles, que primero unirán sus ramas/brazos para enraizarse en su cariño eterno.
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Cuatro corazones con freno y marcha atrás, para seguir viviendo

Alberto Morate

Jardiel Poncela, don Enrique, siempre es revisitable, en cualquiera de sus comedias.

Con cualquiera de sus títulos. No pasan de moda sus ideas, ni su humor, ni su sagacidad, ni su chispa irónica, ni su ingenio. Tuvo, tiene, la habilidad de adelantarse a su tiempo y llegar a ser inmortal, como los personajes de Cuatro corazones con freno y marcha atrás. Aunque en ciertas épocas haya estado un tanto denostado. Jardiel era un hombre pleno de teatro y, con su humor, supo tratar ciertas ideas casi visionarias, principalmente sociales, saliéndose del naturalismo y realismo imperante en la época.

Representar a Jardiel casi siempre es signo de garantía para quien lo afronta.

Si lo hace bien, claro. Porque hay que tratarlo con sumo respeto, y captar esa esencia inteligente del absurdo, no exagerando los chistes, sino diciéndolos de forma natural, como parte intrínseca de los personajes. Ahí está la crítica a esa sociedad que lo ensalzó y lo repudió también, porque la envidia es muy cochina y porque, como dijo él, “si buscáis los máximos elogios, moríos”, ya que en vida no se acepta el éxito por méritos propios.
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Los amores oscuros, poesía en vivo

Alberto Morate

“Esta noche te pido

agua para mis ojos,

sombra para mis gritos.”  F.G.L.

 

La claridad de Lorca ante Los amores oscuros. El poeta luminoso, alegre, vivaz, musical, dicharachero,… frente a la ocultación de sus amores.

En este caso de su amor, Juan Ramírez de Lucas, 19 años más joven que él, que calló su relación hasta su muerte. En medio de ellos, la poesía viva. Y el escarnio de los demás. Los tiempos convulsos.

Podría hablar mucho sobre este amor y los sentimientos que conllevan. Pero quiero centrarme sobre el montaje que he visto. Sensibilidad exquisita. Como dijo el propio Federico: “El teatro es poesía que sale del libro para hacerse humana”. Aquí se demuestra con creces. Desde el principio, desde el sueño pesadilla de Juan, interpretado por Antonio Campos, pasando por lo que sucedió y sucede, hasta el final que es una vuelta al principio.
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Iberian Gangsters, las verdades del barquero

Alberto Morate

Lo cierto es que el dicho “cantarle las verdades del barquero” viene aquí como pintiparado. Bueno, en realidad, no sé si es cantárselas o decírselas, pero, en cualquier caso, en Iberian Gangsters las dicen y las cantan. Y muy bien, de hecho.

Julio Salvatierra es el autor del texto, donde de forma concisa y resumiendo, nos pone en la trayectoria de un político que, si se vuelve corrupto, es por mor de las circunstancias que tuvo que experimentar en sus propias carnes durante cuarenta años.

La realidad como la vida misma actual. No es para menos. ¡Cómo si no, va ese señor político a mantenerse en diversos cargos, ofreciendo todo lo que está  en su mano, a la sociedad, qué ingrata, que no ve con buenos ojos que cambie de partido y de ideas, que se quede unos pellizcos de los tributos que todos pagamos, y que, encima, se sienta amenazado por la incomprensión inusitada de sus actos! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Desde luego…!

Álvaro Lavín dirige con sabiduría, ritmo y acierto a la compañía Meridional Producciones, de manera ágil y divertida, sin conceder un ápice de benevolencia, porque está toda la ironía, toda la crítica, toda la denuncia de lo que está ocurriendo.

Pero nos lo presentan de la única manera que no resulte sangrante, cantando y dialogando, no es un panfleto, es una comedia donde, realmente, se cantan las verdades del barquero.

Porque el teatro tiene que ser eso. El reflejo de lo que sucede en la sociedad, aunque se diga riendo, o cantando, que el arte y la cultura no están reñidas con lo verdadero.

Todo el elenco se muestra altamente activo, con unas voces estupendas, con un juego corporal acorde a las situaciones y a los momentos.

Clara Alvarado, Miguel Ángel Gamero, Chani Martín, Eva Martín, Xavi Melero e Iván Villanueva, coordinan sus cantos, sus miradas, su diversos personajes, ellos sí, al servicio de los agradecidos espectadores que estamos viéndolos. No como esos políticos que solo piensan en ellos y solo en ellos.

Si algunos de esos políticos van a ver la función, posiblemente, aguanten el envite de la crítica escenificada porque están preparados para ello y no saldrán corriendo. Pero se escudarán en la oscuridad de la sala para que no les veamos los colores de sus rostros avergonzados. Aunque quizá ni eso. Y, con una sonrisa displicente, digan a la salida: “Está muy bien traído este montaje”. Y luego en voz más baja: “¿No les habremos dado subvención a estos?”.

Si Goya levantara la cabeza, pintaba los aquelarres y las brujas con traje y corbata en un hemiciclo de infierno.

La vida rota de NINA

Alberto Morate

Llueve. Y cuando llueve siempre trae el agua algo de nostalgia.

En esta ocasión también viene con la lluvia Nina, después de diez años. Aunque eso da lo mismo. Podían haber sido veinte o cinco o dos.

Nina es la vida rota. Y llega a un sitio del que se fue porque estaba más rota todavía. O porque no supo cómo construirla. Es un lugar donde se hacen las cosas por inercia, por costumbre, incluso donde salirse de la rutina es rutinario.

A través de esa vuelta de Nina nos enteramos de la insatisfacción de los personajes que un día formaron parte de la vida de ella.

La vida no es una película. No está llena de frases perennes que sentencian una forma de ser. Porque en muchas ocasiones ni siquiera se es.

No sabemos por qué vuelve Nina. No sabemos a ciencia cierta por qué se fue. Nos pasa como a los personajes, que no pueden (o no quieren) cambiar las cosas, porque, posiblemente todo daría lo mismo. Hay fatalidad, recuerdos que no liberan, intentos, amagos de querer vivir esa vida que, en alguna parte, nos está esperando.

José Ramón Fernández vuelve a poner sobre el escenario un texto potente y sutil al mismo tiempo. Cargado de poética y realidad prosaica. De soledades y encuentros. Donde se espera algo sin olvidar que habrá nada.

Diego Bagnera en la dirección no necesita especificar acciones. Se centra en el trabajo intenso e inmenso de los personajes, de los actores. Los dota de sensibilidad y la frialdad suficiente para asumir tanto dolor interno.

Y los actores responden a la perfección. Muriel Sánchez muestra esa fragilidad de la mujer que necesita que la abracen, pero que será capaz de aguantar durante horas sola en la playa bajo la lluvia. Para tomar una decisión y volver a marcharse. Ha comprobado que todo sigue como antes aunque ya nada es igual. Y José Bustos, muestra ese laconismo de la inacción, de asumirlas cosas como vengan dadas, y cuya presencia de Nina hará tambalearse sus principios, pero sabiendo que no es una película con final feliz. Y Jesús Hierónides, muestra su amargura contenida, su resquemor, dentro de un hieratismo premeditado. Si hay tormenta, ya escampará.

Magnífico trabajo de texto, dirección, interpretación. La vida desasida.

NIGHT, mujeres malditas

Alberto Morate

Tres colores predominan en el escenario: blanco, negro y rojo.

Está claro que el rojo es la sangre, es la pasión, puede ser el sufrimiento, el fuego, el erotismo, la atracción, la fuerza, el vigor. El blanco es la pureza, la paz de la lectura, el color de las hojas de los libros que nos rodean, que se abren a un mundo de imaginación y sentimientos, que nos alivia de la soledad y del tedio, es la libertad, la sinceridad, la virginidad, el optimismo. Y el color negro es la noche, el misterio, la elegancia, la sensualidad, en algún caso también la muerte, es cierto, la nostalgia, puede ser el mal, la negatividad.

En Night, los tres colores se mezclan, se fusionan, se complementan. Y se respira en el escenario un ambiente de romanticismo tenebroso, de movimientos lentos, de golpes de corazón.

En Night nos vienen a contar la necesidad del poder de la palabra a través de las historias que se encuentran en los libros. Árboles que dan hojas escritas, alcorques regados con títulos, la cama con el abrigo de la lectura. Y ahí nace la leyenda de los poetas malditos, de la vindicación de la mujer por ser algo más que un objeto, de la creatividad de la imaginación y de los símbolos que nos emocionan.

Una música penetrante y viva nos traslada hasta las noches en las que Sherezade le contaba cuentos al gran sultán. Y las mujeres malditas, las ninfas, las geishas, las gracias, las sirenas, las ondinas, náyades,… todas, bailan y se mueven cadenciosamente y con una gran armonía. A golpe de corazón, de pulso de la sangre. Y despiertan y sueñan. Aunque nunca hay sensación de peligro. Al contrario, hay sensualidad, deseo, provocación, libertad, locura.

El espectáculo se mueve con ese vaivén de olas del mar, con el lenguaje del viento que mueve las ramas de los árboles y los brazos de las bailarinas, con el ritmo suave de una pasión contenida.

Myriam Soler y Cristiane Azem han inoculado el veneno de la expresión corporal en su cuerpo de baile. Y han coreografiado con gestos las palabras y los versos, los han hecho realidad a través del movimiento.

Teatro, literatura e historia; belleza, elegancia y sentimientos; música, poesía y danza. Eso es este espectáculo. Ni más ni menos.

“Las nueve y cuarenta y tres”, hora de pasarlo bien

Alberto Morate

Nunca me han gustado los números redondos, ni las horas en punto, ni los númerus clausus. Por eso, ya el atrayente título de Las nueve cuarenta y tres me parecía sugerente.

En alguna ocasión he dicho en este mismo medio que, si no conozco la obra previamente, me gusta enfrentarme a las obras sin saber con qué voy a encontrarme, porque me apasiona que me sorprendan.

Eso me ha sucedido con este teatro musical donde los actores interpretan a la perfección, con una gran vis cómica, como se decía antes, pero también cantan de maravilla e incluso hacen sus pequeñas coreografías salerosísimas y pizpiretas.

Andrés Alemán, el autor y, a la sazón, también director de este montaje, pergeña una hilarante comedia entre intriga, misterio, musical, enredo, inocencia, hilvanando una disparatada historia de intereses personales, codicia, erotismo, confusiones, sospechas, y dotándola de ritmo, buenas voces, musicalidad, divertimento, sorpresas. A ello contribuyen unas canciones dialogadas y resolutivas de Manuel Soler Tenorio.

Los actores están que se salen, en estado de gracia humorística y cercanos a la complicidad entre ellos y a los propios espectadores. Todo el elenco vive y se desvive con sus personajes. Todos con unas voces extraordinarias y bien afinadas.

Natxo Núñez, el señor Jiménez, a modo de un Paco Martínez Soria inocentón y buena persona. María Cobos, la chacha española en territorio ruso, con el gracejo que se le presupone a las españolas que hacen valer sus intereses pero sin acritud ni malas intenciones.

Las dos hermanas rusas, opuestas y divergentes, Aránzazu Zárate, una sobriedad y maneras frías que agudizan su humor, así como Gemma García Maciá, desmadrada, sensual, desesperada.

Y el mayordomo, que no podía faltar en una historia de intriga y apariciones, Joselu López, metódico pero enormemente sensible y lleno de emociones.

La historia hace referencia  a una España de tiempos pasados, pobre y sin alicientes. Poco culta y con hambre, pero que no pierde el orgullo ni el carácter.

Una Rusia de decaimiento zarista, donde hacen falta rublos y se mantienen las propiedades. Referencias también a los ladrones actuales de camisa blanca y corbata, a la homosexualidad, a las creencias sobrenaturales, a la inmigración, al poder adquisitivo y a lo que usted quiera leer entre líneas.

Porque lo mejor de todo es que es una comedia divertida, que no da tregua a la risa, que se ve con amabilidad y disfrute, que está muy bien construida y que pasas un rato muy agradable.

A las nueve, aunque a Las nueve y cuarenta y tres ya estamos totalmente entregados y no queremos que se acabe.