Iberian Gangsters, las verdades del barquero

Alberto Morate

Lo cierto es que el dicho “cantarle las verdades del barquero” viene aquí como pintiparado. Bueno, en realidad, no sé si es cantárselas o decírselas, pero, en cualquier caso, en Iberian Gangsters las dicen y las cantan. Y muy bien, de hecho.

Julio Salvatierra es el autor del texto, donde de forma concisa y resumiendo, nos pone en la trayectoria de un político que, si se vuelve corrupto, es por mor de las circunstancias que tuvo que experimentar en sus propias carnes durante cuarenta años.

La realidad como la vida misma actual. No es para menos. ¡Cómo si no, va ese señor político a mantenerse en diversos cargos, ofreciendo todo lo que está  en su mano, a la sociedad, qué ingrata, que no ve con buenos ojos que cambie de partido y de ideas, que se quede unos pellizcos de los tributos que todos pagamos, y que, encima, se sienta amenazado por la incomprensión inusitada de sus actos! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Desde luego…!

Álvaro Lavín dirige con sabiduría, ritmo y acierto a la compañía Meridional Producciones, de manera ágil y divertida, sin conceder un ápice de benevolencia, porque está toda la ironía, toda la crítica, toda la denuncia de lo que está ocurriendo.

Pero nos lo presentan de la única manera que no resulte sangrante, cantando y dialogando, no es un panfleto, es una comedia donde, realmente, se cantan las verdades del barquero.

Porque el teatro tiene que ser eso. El reflejo de lo que sucede en la sociedad, aunque se diga riendo, o cantando, que el arte y la cultura no están reñidas con lo verdadero.

Todo el elenco se muestra altamente activo, con unas voces estupendas, con un juego corporal acorde a las situaciones y a los momentos.

Clara Alvarado, Miguel Ángel Gamero, Chani Martín, Eva Martín, Xavi Melero e Iván Villanueva, coordinan sus cantos, sus miradas, su diversos personajes, ellos sí, al servicio de los agradecidos espectadores que estamos viéndolos. No como esos políticos que solo piensan en ellos y solo en ellos.

Si algunos de esos políticos van a ver la función, posiblemente, aguanten el envite de la crítica escenificada porque están preparados para ello y no saldrán corriendo. Pero se escudarán en la oscuridad de la sala para que no les veamos los colores de sus rostros avergonzados. Aunque quizá ni eso. Y, con una sonrisa displicente, digan a la salida: “Está muy bien traído este montaje”. Y luego en voz más baja: “¿No les habremos dado subvención a estos?”.

Si Goya levantara la cabeza, pintaba los aquelarres y las brujas con traje y corbata en un hemiciclo de infierno.