La dama duende

Alberto Morate

El verso suave. El verso no estridente. El verso como lenguaje y como expresión diferente. Calderón de la Barca y La dama duende. 1629 – 2017. El autor barroco se mantiene. Gracias a la inefable labor de Helena Pimenta y la CNTC.

Álvaro Tato (Ron Lalá) hace una versión respetuosa y romántica de este texto que si no lo engrandece lo favorece. Algo de tenebrismo, magia, fantasmas que desaparecen, amores ocultos, celos, una visión diferente. Y la directora con sutileza creciente, lo dirige, lo mueve, le da lustre y colorete.
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HAMLET del Arco

Alberto Morate

hamlet

Miguel del Arco arriesga, se lanza sin red desde el trapecio y lo hace con gran espectacularidad y superando las más difíciles piruetas. Primero se atreve con Hamlet, nada menos (aunque ya antes se atrevió con Molière o con Gorki). Y una vez que lo tiene entre las manos, ya no lo suelta, lo hace suyo, lo proyecta al aire para que nosotros, portores, lo agarremos con la destreza de nuestra inteligencia.

Desde que estoy en el enrevesado mundo del teatro (y ya son muchos años), vengo escuchando que si el purismo, que si el respeto a los textos y a los autores clásicos, que si las amputaciones escénicas, que si las lecturas personales, que si las críticas favorables o adversas.

Nada más respetuoso y encomiable que dejar que textos y autores caigan en manos de quien ama el teatro. De quien entiende el teatro como una totalidad. Para quien el teatro es la primera pasión y la última. Cuando un director, un buen director, tiene en su equipaje una obra como esta, es libre de interpretarla como quiera, está en su derecho de darle la vuelta, puede hacer lo que quiera. Ninguna persona por muy intelectual que sea podrá decirle nada en contra, y si lo hace, allá ella.

Shakespeare, Cervantes, Lope, Calderón,… están ahí esperando que alguien venga a revivirlos, (a resucitarlos no, porque nunca han muerto), que los trate con cariño, que los comprenda, pero que también los hable de tú a tú, sin miedo, que los acerque a nuestras dislocadas mentes de hoy en día.

Miguel del Arco lo hace. Y su compañía Kamikaze, y la venturosa propuesta de Helena Pimenta como directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y los espectadores que acudimos  a ver este Hamlet enorme, que no pierde un ápice de su tragedia, de su poesía, de su filosofía, de su política, de su teatro dentro del teatro, de la desesperación, de la atormentada duda, de la venganza que corroe las cabezas.

Israel Elejalde tiembla el personaje. Lo sufre. Lo maneja. Le vemos perdiendo el sentido con una exactitud extrema. Y los demás actores también emanan una construcción sin tregua: Cristóbal Suárez, José Luis Martínez, Jorge Kent, Daniel Freire y, sobre todo, Ángela Cremonte en su difícil papel de mujer enamorada y trastornada, dependiente y desvalida. Así como la gran Ana Wagener, que parece que no está pero engrandece la escena con su voz, con su presencia, con su ser y no ser quien debiera.

Estupenda la idea de resolver los diferentes espacios con una cortina corredera.

La representación transcurre con una fuerza inusitada. Más de dos horas y media que se pasan en una tos, que transcurren como si fuera solo una escena.