Federico y Lola, el desencuentro

Alberto Morate

“Respetable público… (Pausa)… El poeta no pide benevolencia, sino atención,…”

Miren, pongan atención, vayan a ver Federico y Lola. Los esperan en el camerino. Les oirán discutir, discrepar de ciertas cosas, pero Federico García Lorca Y Lola Membrives hablan el mismo idioma. Se quieren, se adoran. Se necesitan, se comprenden. Aunque en algún momento de la obra sus opiniones sean dispares. Pero Lola adora a Federico y Federico está a gusto con Lola. Podrían pasarse noches enteras charlando, se idolatran, se conocen, saben sus debilidades. Se sienten, se reconocen. Están heridos y felices. Saben lo que quieren. Quizás haya desencuentro, pero no es tal, solo se duelen uno del otro.

Y cada vez que se miran, se acercan. Son un mundo aparte, un mundo solo de ellos. Son frágiles. No importa que, en un momento, se griten, se encierren en sí mismos, porque sí se importan. Aunque ella no pueda hacer Yerma.

El poeta y la actriz. El dramaturgo y su musa. Así, paralelísticamente, con la fuerza de las palabras, con el sentir de sus corazones.
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