SUEÑOS, Quevedo, Echanove

Alberto Morate

Sueños. Quevedo muriéndose. Quevedo preso. Quevedo perdido. Quevedo doloroso. Brillante, lúcido, perdiendo el sentido, agudizando el ingenio, viendo y viviendo en un infierno blanco, recordando amores, sufriendo, denunciando a reyes y a nobles, riéndose de un imperio venido a menos, delirando, diciendo sus mejores sonetos, sangrando, preguntándose por qué,… Quevedo eterno, tuteando a la muerte, despreciando el dinero, criticando a médicos, repudiando la envidia, confraternizando con el diablo, solo, viejo, humano.

Quevedo en el cuerpo y en la voz de un grande: Echanove. Juan Echanove, quebrándosele la voz, sintiendo temblores, espasmos, alucinaciones, llenando la escena, viviendo en las emociones del poeta barroco en sus últimos estertores.

Gerardo Vera nos pone en escena una cárcel, un infierno, un manicomio, la corte, las calles, el siglo XVII, en un tono aséptico y terrible, por donde campan oníricamente el dinero, la envidia, la ambición, la soledad, el amor, el ingenio, los versos, la vulnerabilidad, el desafío, lo ridículo, lo trágico, el duque de Osuna, su amada Aminta, la política hipócrita, la enfermedad, las sombras y… los textos. Textos de este Quevedo inmenso, al que ponen voz, no solo un excepcional Echanove, sino toda la Compañía Nacional de Teatro Clásico en coproducción con La llave maestra y Traspasos Kultur. Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Lucía Quintana o Abel Vitón, por citar a unos cuantos, responden al ritmo, al sentido, al buen decir de la palabra del poeta.
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Los Hermanos Karamázov

Alberto Morate

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Fiódor Karamázov no odia. Solo es cruel. Despótico. Tirano. Egoísta. Opresor. Autoritario. Mujeriego. Pero no odia. De alguna manera, aprecia a sus hijos, los quiere proteger, los repudia pero los necesita, los desprecia pero los cobija. Aunque no se note, aunque las vísceras se le salgan por la boca. De alguna manera los tiene miedo.

Algo parecido le pasaba a ese otro gran personaje mucho más nuestro, el Juan Manuel Montenegro de las Comedias Bárbaras de Ramón del Valle Inclán. La fiereza del protagonista, su carácter épico, su dominancia y magnetismo, hacen de estos dos personajes seres inolvidables, carismáticos, grandes. Y Juan Echanove en este Karamázov le da la grandeza necesaria, el tono adecuado, la violencia contenida, pero también refleja sus temores, la certeza de que, tarde o temprano, sucumbirá en manos de alguno de sus hijos, si no de todos.

Gerardo Vera es valiente ofreciendo esta densa obra que forma parte del acervo cultural de una época pretérita. Porque, ¿qué joven hoy en día se atreve a leer esos gruesos tomos de la literatura universal? Pero el director afronta el reto con determinación, lo hace suyo, lo vivifica con acierto, con dureza, con tensión. Cada diálogo son puñales que se clavan en el alma de los personajes; desde el patio de butacas se siente, no solo se observa, los remordimientos de conciencia social, las difíciles relaciones entre unos y otros, la angustia vital de la crueldad y el desamparo.

Cada actor realiza un esfuerzo físico y mental extraordinarios. Desde el propio Echanove, inmenso, como ya hemos mencionado, pasando por Fernando Gil y su Dimitri Karamázov torturado, inconforme consigo mismo, al que sí le sale el odio por los cuatro costados. Markos Marín asumiendo otro Karamázov más contenido pero a punto de estallar, descontento, al que considerarán plato de segunda mesa. Un extraordinario Óscar de la Fuente, convulso y epiléptico, sumiso y resignado, no tan desecho como pueda parecer. Lucía Quintana interpretando de maravilla una Katerina atormentada, sensual y dominante o Marta Poveda con su Grúshenka felina, sexual, pero frágil y deseada. Antonio Medina, Chema Ruiz, Abel Vitón,… conforman un elenco más que solvente para que, durante las cerca de tres horas que dura el montaje, no se nos haga lento ni pesado ni aburrido.

José Luis Collado firma la versión extrayendo la esencia justa de la trama y de los personajes. Y la escenografía del propio Gerardo Vera con las sombras y luces que permiten encontrarnos ante una historia escabrosa y atrayente, morbosa y truculenta.

En la sentencia final es de justicia aplaudir con energía este gran esfuerzo humano y artístico.