Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, o viceversa

Alberto Morate

Aunque podrían ser de cualquier sitio, tanto unos como otras. Porque el caso es que conviviendo parecen ser de polos opuestos, pero unidos. Ya lo hemos dicho otras veces, el eterno desencuentro entre ellos y ellas, pero la necesidad de estar juntos. Además, lo que ocurre realmente es que es el tiempo el que lo deteriora todo. O no. También puede suceder que cuando se ha adquirido confianza a cada uno le sale su estilo de ser intrínseco, real y verdadero.

Mauro Muñiz de Urquiza se dispone a darnos una charla, pero no al uso. Un texto argumentativo lleno de matices, de humor, de verdades como puños. A través de la adaptación que ha hecho Paco Mir del texto de Paul Dewandre que a su vez se basó en el libro de John Gray y que dirige Edu Pericas. Y es que los hombres para hacer algo bien, tienen que sentirse unidos. Y parapetarse ante las ironías y el ojo crítico de la mujer, que seguro que una sola lo hubiese dicho no mejor, pero sí distinto.

El actor con grandes dotes de comunicador, (no sean mal pensados), va diseccionando el porqué de unos comportamientos y de los motivos por los que, a veces, la incomunicación es un hándicap fatídico. Lo primero, porque somos diferentes, aunque a algunos les cueste admitirlo.

A partir de ahí, son ejemplos, palabras clave, situaciones de riesgo indefinido, la experiencia de una relación sin hilos. Nadie sale mal parado y los dos, hombre y mujer, a través de la argumentación de Mauro, intentan ser comprendidos.

Y las diferencias son cada vez más notables. Es verdad que se dicen comportamientos manidos, lo tópico y lo típico de ambos sexos (sexos, no géneros, por favor), que si el hombre solo puede hacer una cosa en un lugar y tiempo determinados y la mujer puede afrontar cualquier reto, que si el hombre se encierra en su mutismo y la mujer habla y habla, que si él necesita pescaditos y ellas solo que les presten atención y un poco de oídos. Pero, lo bueno del caso, es que es cierto y el intérprete ponente le pone la chispa, el matiz, el juego, lo divertido, la gracia, el espíritu, la conciencia de, quizás, haberlo sentido, porque nos lo explica en primera persona, en directo y en vivo. Por eso suda la gota gorda. No sé si por el calor de los focos o porque no es fácil salir airoso e invicto de hablar de marcianos y venusianas, sin sentirse ni unas ni otros, heridos.

¡Y cómo nos gusta que nos cuenten en plan jocoso lo que ya hemos pasado, vivido y sufrido!

La Vuelta al Mundo en 80 días, 80 minutos de risas

Alberto Morate

Siempre me gustó que de un texto más o menos serio se sepa sacar todo el jugo y el juego de una representación alocada, divertida, que no da tregua y que, al mismo tiempo, mantiene la rigurosidad del texto y las escenas y los personajes y el intríngulis del argumento.
Cuando yo hacía eso con mis actores, en plan de broma, decíamos que estábamos destrozando la obra como es debido. Sin embargo, con La Vuelta al Mundo en 80 días, el famoso título de Julio Verne, la obra no se destroza, muy al contrario, gana en agilidad, en creatividad, en desparpajo, en humorismo, en divertimento bien hecho. ver más

CARTAS DE AMOR, con firma

Alberto Morate

La luminosidad de las estrellas se refleja en el oscuro cielo de una vida entera. Andy y Melissa viven una pasión encendida como esas estrellas que se irán apagando a medida que transcurran los años. Pero no mermarán los sentimientos. Tendrán altibajos, crisis, desencuentros, deseos, necesidad, dependencia, en definitiva, amor. Amor en muchas palabras. En un sinfín de cartas que serán como caricias unas veces, y otras como puñaladas en forma de silencio o cortesía impuesta.

Cartas de Amor, desde que tienen ocho años hasta que la muerte los separe. Cartas de melancolía, de expectativas, de futuro, de remembranzas, de emociones, de confesiones, de sinceridad, de amistad, de drama, de risa.

Dos personas, cada uno con su vida y, sin embargo, unidas por unas misivas que salen de la sangre y el corazón, de la desdicha y de la alegría. Los años pasan y las cartas no cesan. Aunque las luces de las estrellas van perdiéndose en la lejanía.
ver más

EL FLORIDO PENSIL, niñas, ahora les toca a ellas

Alberto Morate

¡Claro!, no podía ser de otra manera. Primero son los niños, después vienen las niñas.

Así se pensaba en aquella época. Una época no tan lejana ni tan prehistórica como pareciera. Que yo la he vivido. Que aún hay algunas reminiscencias, como dicen al final de la representación. Que romper con ciertos moldes es tarea titánica y de paciencia.

Nos reímos. Claro que nos reímos. Lo pasamos teta. Nada hay más hilarante que reírse de uno mismo cuando se ve con la perspectiva de quien ha superado traumas y se toman las cosas de otra manera. No con la visión de aquellos niños y niñas que sufrían en sus carnes y en su intelecto la manipulación maniquea. En este caso son niñas. Casi peor, por el rol que debían desempeñar siempre de forma discreta, sumisa ante el marido, el padre, el hermano, el novio, incluso un señor cualquiera.

El florido pensil fue, en realidad, un jardín marchito abonado de mucha mierda. Con perdón. Pero, gracias a dios o a quien sea, consiguieron brotar flores, mujeres que a la postre reivindicaron su condición de hacer lo que quisieran.
ver más

Los espejos de don Quijote, el caballero preso

Alberto Morate

Siempre hay que congratularse de que un nuevo espacio escénico asiente sus tablas en el panorama teatral. Aunque sea en forma de carpa, y con el inconveniente de que, de vez en cuando, se oigan los ruidos de la calle. Pero si ese nuevo escenario se llama El Corral de Cervantes y además nos representan Los espejos de don Quijote, el espectador, como amante del teatro, no puede sentirse más satisfecho.

Bueno, sí. Cuando además la obra que se está viendo es una delicia de texto. Un texto de palabras que se intercambian unos ficticios Shakespeare y Cervantes en la celda donde don Miguel está preso y comienza su impresionante novela, la mejor de todos los tiempos. Hay un juego dialéctico impecable. Un ten con ten entre dos monstruos de las letras, en el supuesto de que se hubieran encontrado en algún momento. Y un viejo carcelero que quiere ser Sancho. Y una Dorotea real que será Dulcinea en su momento. Pero también está el espíritu de Hamlet y el amor de Romeo.

 

Realidad y ficción. Fantasía y juego. Penalidades de escritor que se considera un fracasado en el teatro y aún no ha olido las mieles del éxito. Y, enfrente, el poeta inglés que se refleja en sus ideas, en su creatividad, en sus versos. He disfrutado de lo lindo con esta comedia que podría haber sido Lopesca y hubiera cerrado el círculo concéntrico.

Escrita y dirigida por Alberto Herreros, se disfruta con embeleso. Y la interpretan de maravilla José Manuel Seda, en un Cervantes que, a pesar de su desvalimiento, no pierde el sentido de la realidad ni el humor ni el ingenio ni la desesperación ni el contento. Daniel Moreno, como Shakespeare, irónico y despierto, sagaz, inquieto, noble, caballero. Pedro Miguel Martínez que sabe darle la vuelta a su carcelero y convertirlo de huraño en entrañable escudero. Y Ana Crouseilles, sensual, contrapunto de musa de ensueño, sensible, realista, reflejo del pueblo.

Se me hizo corta. Pasé una velada fascinado por la grandeza de estos personajes, que si bien es cierto que no se conocieron pudieran haberlo hecho. Y eso los convierte en teatro, en poesía, en espejos. Bienvenidos al mundo de lo imaginado y de la locura del caballero.

La Carta Perdida desde los 80, una canción, un poema

Alberto Morate

Este espectáculo requiere un poema. Una canción. Una carta que no se pierda. Un recuerdo emotivo. La alegría de encontrarse con buenas canciones de los 80 estupendamente interpretadas. Un buen guion. Nostalgia. Estremecimiento. Baile, palmas al ritmo, también tristeza. Homenaje a artistas que dejaron huella.

Un poema, una canción, que nos hable de la movida madrileña. De que todo no fue derrota, aunque muchos quedaron en el camino por culpa de una mala percepción de las cosas. Pero también hubo mucho talento, libertad de expresión, ruptura de normas.

Una canción, un poema, que nos hable de ilusiones y de la escuela de la calle. De versos que flotaban en el aire y eran atrapados por las cuerdas de una guitarra, aunque también se colaran anfetas, y heroína y otras sustancias nocivas. El alimento de una juventud a la que le crecieron alas y gritaba oraciones profanas sin etiquetar a nadie, que bebía cerveza.

Un poema, una canción, que escandalizaba a las abuelas y los padres no comprendían, que abría Madrid a las estrellas. No importaba no encontrar la mesa puesta. Querían romper los cristales limpios y asomarse a la ventana para ver a la chica de ayer. Convertirse en reina de la noche, prometer no ejercer la violencia. Salir de las cuevas del franquismo que aún coleaba, perderse en la ausencia de la familia, brindar bajo la lluvia en el barrio de Malasaña y escribir buenas letras.

Una canción, un poema, escrito y dirigido por Ana Graciani, que empieza con un humor que quiere implicar a los espectadores, y que se va cargando de melancolía y recuerdos de otra época.

Una carta, un poema recitado emocionalmente por Tusti de las Heras, que se va impregnando del espíritu de los 80, con el testimonio descarnado de una voz en off  que nos relata su forma de hablar y sus peripecias. No podía ser de otra manera. Él ya no está, y sus sentimientos se amplifican hasta hacerlos paisaje de una voz que se quiebra.

Y muchas canciones, con una voz que no se rompe, la de Ester Fernández, que acompañan desgarradamente el contrabajo de Albert Anguela y la guitarra de Juan Miguel Valero. Con un estilo personal, herido, renacido, voz de plata, que nos envuelve y nos impregna.

Hemos encontrado una carta, hoy, que ya no se escriben, que todo tiene la inmediatez de las pocas palabras. Una carta larga, sentida, que nos cuenta cómo se veían las cosas desde el otro lado de la barrera. Y lloramos, y reímos, y cantamos, y bailamos. Y aplaudimos, porque esta carta es un auténtico y bello poema.

Los Años Rápidos, nuestra historia

Alberto Morate

Cuando queremos darnos cuenta, la vida se ha pasado volando. Lo que creíamos que no iba a llegar nunca, de repente se nos presenta como algo que ha sucedido sin percatarnos apenas. De niños sin problemas a adultos con todo tipo de cargas. De vivir en un barrio que consideramos nuestro a habitar en los sitios más insospechados. De pertenecer a una familia a formar la nuestra propia.

Pero no todos los niños son auténticamente felices. Ni vivimos siempre donde queremos. Ni trabajamos en lo que nos gusta. Ni la familia nos llena por completo, porque hay que atender a los ancianos padres y cuidar de los hijos, y solventar rencillas familiares.

Los años rápidos hacen que volvamos a un pasado de más sombras que luces. Secun de la Rosa nos presenta en la dramaturgia y en la dirección una obra dura, difícil, real, emocional, escabrosa.

Ahí salen todos los trapos sucios de unos años que transcurrieron en una época gris de nuestra historia. Pisos de protección como cajas de cerillas, vecindad variopinta, un padre con miras altas que se queda mascullando en el bar sus desdichas a desconocidos, una madre que resignada solo le queda protestar para sí misma, una hija que deberá tomar el relevo de su madre y hacerse cargo de su padre y de su propia familia, otro hermano que se desentiende y hace su vida, y la tercera con todo su mal pasado a cuestas, ya otra persona, que ha tenido que hacerse a la dureza de las heridas y arrancarse ella misma las costras y por eso mantiene una alegría quizá desmedida, una energía positiva que la hace ser triunfadora a pesar de tantas desdichas.

Magnífico texto, magnífica puesta en escena, sobria, sin más aditamentos que la perfecta, y digo bien, perfecta interpretación de Cecilia Solaguren, que lleva su amargor en el rostro y en sus pausas y silencios. De Sandra Collantes, vitalidad arrolladora con ese deje de dolor que aún recuerda. Marcial Álvarez, impresionante en su rol de trabajador desubicado y sin salida. Y Pepa Pedroche, estupenda en la madre que se resigna y llora, que no dice lo que piensa, que no grita, que no olvida.

Como en un bucle del que es muy difícil salir, la historia vuelve una y otra vez a esa casa que necesitaría una mano de pintura y que hay que vender, para dejar atrás esos años que pasaron tan rápidos, pero que están ahí, y que pesan como una losa.

Maldita Locura

Alberto Morate

Uno se vuelve loco sin saber por qué exactamente. Si lo supiéramos sería más fácil curarnos o, al menos, sabríamos el origen de muchos de nuestros males psicológicos. Pero como no lo sabemos, tenemos que recurrir a doctores doctos y sesudos, que experimentan con nosotros a base de dar palos de ciego.

En Maldita locura de Jesús Sanz-Sebastián, que también la dirige, el eminente doctor es doctora, y bien guapa, que prefiere como terapia de su paciente, unas cuantas canciones, mucho cariño o algo más, nada de pastillas, y llegar al meollo de tan mala dolencia que hace que su paciente, con trastorno de personalidad múltiple no sepa ni quien es con los lógicos perjuicios.

Pero la historia pasada se va desgranando, con esas canciones bien interpretadas que hacen ameno y distinto el argumento. Hay, como hemos dicho, ternura, sentimiento, atracción física, coherencia y humor, guiños, frescura, y ritmo. Y se va consiguiendo poco a poco, hasta hacer que los personajes sean, entre nosotros y para nosotros, casi amigos.

Eduardo Tato y Allende Blanco interpretan bien, se compenetran, se ajustan a estos dos seres humanos, que en el fondo, son dos seres desvalidos, solitarios, necesitados de afecto que se buscan en un mundo ficticio. Alberto Torres en el piano en directo acompaña las canciones con tino.

Al final una sorpresa nos espera, aunque ya lo intuimos. Buen texto, buena puesta en escena, buena interpretación, buena producción que se sigue con cariño. El que le hace falta al protagonista para salir de su abismo.

Autobiografía de un yogui, la luz del universo

Alberto Morate

La luz. Trascendiendo toda dimensión. La luz que traspasa todos los ámbitos. Luz, amanecer, hasta en la oscuridad se ven mejor las estrellas. Cine, teatro, filosofía, una forma de ver la vida, universo.

Según Rafael Álvarez ‘El Brujo’, y en palabras de Yogananda Paramhansa, contándonos su historia, todo es espectáculo. Incluso la realidad se asemeja al cine, o viceversa. Y las cosas son luz y sombra a la vez, los hijos son hijos de la luz, es la sabiduría completa. Aunque cada uno lo vea de una manera. Todo proviene de la luz, si no hay luz es la nada.

El Brujo nos va desgranando la Autobiografía de un yogui, intercalando su propia experiencia. Como hace siempre. Pero hoy le pone, quizás, más filosofía, pensamientos más intrincados, amalgama de experiencias un tanto místicas, inexplicables, de la mente desconocida. Y con esas pizcas de su propia sabiduría y experiencia, nos transporta entre risas a la meditación y la espiritualidad de la búsqueda de una existencia infinita.

Y para hablar como lo hace Rafael Álvarez, hay que saber estar mucho tiempo en silencio. Haber leído y sentido, haber observado, haber soñado, haber descreído.

Nos habla de tantos pensamientos y tantas ideas que, en ocasiones, perdemos el hilo. Pero afirma con su magnífica y modulada voz que siempre hay una conexión entre acontecimientos y las cosas ocurren por algo y no por simple casualidad. Que, al fin y al cabo, la ciencia es un relato que solo puede ser interpretado con mayor o menor fortuna, que el pensamiento debe hacerse visible, porque desde el personaje que nos cuenta, se pregunta qué existe más allá de la oscuridad cuando cerramos los ojos.

Por eso este espectáculo es sobre la luz, las figuras y todo lo que conocemos emerge de la oscuridad como una visión de la luz, los sueños, la tranquilidad, la quietud de espíritu, y la concordancia de ideas, porque lo único real es la luz, según el maestro. Según los dos maestros. El actor, grande, impresionante, inmenso, y el autor indio embutido en su cuerpo, que nos cuenta con gracia y desparpajo, con sabiduría y conocimiento, ciertos misterios que están en la luz del universo.

¿Y tú? ¿Qué te vas a poner para el concierto de esta noche?

Alberto Morate

Que no cunda el pánico, todas hemos tenido alguna vez crisis de vestuario –si no te pasa todas las mañanas- y más cuando tenemos algún evento especial como puede ser un concierto, con el añadido de que sabes que  podría estar la persona que te gusta o que seguramente termines saliendo en algún video de YouTube relacionado con el concierto.

Lol-trendy

¡Tranquilo todo el mundo! Tenemos algo que contarte. Unos interesantes consejos que te servirán para crear los outfits perfectos para tus conciertos a partir de ahora. Pero tienes que tener en cuenta que cada concierto al que asistamos, será distinto dependiendo del estilo de música del concierto y sobre todo dependerá de tus gustos.

ver más