Mujeres que aman, dentro del III Festival Visibles

Alberto Morate

Hacer de lo invisible algo Visible y, a la par, normalizado, cotidiano, conocido, que no nos produzca extrañeza, que asumamos que esas personas y esas enfermedades están ahí, forman parte de nuestra vida y de nuestra sociedad, que convivimos con ellas. Y cuanto más se las difunda, se hable de ellas, se pidan ayudas para ellas, mucho mejor. Hasta que deje de ser algo extraño y lo asumamos como nuestro.

Ya partimos de la gran labor que hace la Sala Tarambana al programar durante todo un mes a diferentes y diversas compañías que hacen teatro, buen teatro, de manera inclusiva y necesaria, pero para provocar esa concienciación social de que hay realidades un poco más difíciles, escabrosas en muchos casos, que requieren dedicación y vigilancia, medicamentos, atención personalizada.

Veo en el programa montajes de todo tipo y condición: “Noches de swing”, en concierto musical, o “Tambores Afanias”; “La gran boda”, documental cinematográfico; teatro musical, con una adaptación de “Billy Elliot” por actores con discapacidad intelectual; la danza representada en “Sé que puedo” y en “Cuerpos en Trama” y “Alma a tierra”; “Diversas mujeres” con canciones, poesías, textos dramáticos; un “Principito” con una joven ciega como protagonista; textos consagrados como “Las criadas”…  o esta “Mujeres que aman” con dirección y dramaturgia de Nacho Hevia, en la que se representa poesía y soledad, necesidad de amar y ser amado, ausencias y deseos, el dolor físico y el espiritual que duele más, los sueños, el abismo, el suicidio, encontrarse a sí mismo, el deseo, la tristeza y la sonrisa, la pereza, el frío emocional y el sentimiento a flor de piel, “descansar de ti es como buscar el fin del mar”, no se puede descansar, hay que luchar, luchar y gritar, por hacerse visibles, porque crezcan esas hojas cada vez más grandes, y que den sombra, la sombra de las personas grandes, pase lo que les pase, y padezcan lo que padezcan.

Seis mujeres, seis actrices que son todas las mujeres y que son un único personaje, son madres, hijas, hermanas y compañeras, que hablan y se callan, que sufren y sonríen, que se apoyan y se encuentran solas, que ven aunque no miren, que oyen el palpitar de sus propios corazones y de los que tienen enfrente, que saben lo que es silencio y la importancia de la palabra y un gesto oportuno.

Y un intérprete que nos lo cuenta en el lenguaje de los signos y lo entendemos, y un perro lazarillo que no busca protagonismo, porque el protagonismo está en el teatro en sí, en la representación, en la puesta en escena, en lo que no se ve, en lo que queda luego, en lo que hay que arrastrar hasta llegar allí, en ese verso, en ese texto que se va deshaciendo hasta convertirse en espectáculo visible ciento por ciento.