Últimos golpes, violencia de protervos

Alberto Morate

 

Cuando acudo al teatro quiero que todos mis poros se abran. Que mis sentidos estén alerta sobre lo que van a ver y a escuchar, a percibir, en definitiva.

Tanto si es comedia, como drama, como musical, como monólogo,… mi recepción sensitiva se pone en guardia y quiero que el autor, el texto, el director, los actores, la escenografía, la música, la iluminación, toda la puesta en escena,… me lleguen a lo más profundo. Bien para reírme, para solidarizarme con las denuncias o injusticias, para llorar con una historia conmovedora, para admirar un gran espectáculo o para comprender al personaje que encarna la actriz o actor que lo interpreta.

En Últimos golpes se me han juntado muchas de estas premisas. Un tema difícil, tristemente noticia y que no hay forma de erradicar en una sociedad que sigue siendo machista, el maltrato tanto físico como psicológico a las personas, normalmente mujeres, pero también hay niños, homosexuales, personas mayores, empleados, gente de toda condición y sexo. Me niego a llamarle violencia de género. El género es para las palabras. Nosotros tenemos sexo, condición humana. Sí, somos femeninos, masculinos o transexuales, pero no neutros ni gramaticales. Prefiero violencia machista, doméstica, de pareja, energúmena,… antes que de género. Bueno, no la prefiero, me refiero al nombre.

A lo que iba, José Sanchis Sinisterra, que ya ha demostrado con creces y calidad que es un grandísimo dramaturgo, no se arredra ante este tema. Y lo hace con la crudeza necesaria. En un solo personaje, en Mónica, interpretada emocionalmente por Beatriz Grimaldos. Y entre los dos, texto y voz, palabra y cuerpo, con la visión elegante y casi desapercibida del director, Fernando Calatrava, nos cuentan una historia escabrosa por lo que significa.

Nos cuentan de locura, porque quien ha sufrido el maltrato se cree solo y habla solo y piensa cosas que se salen de la lógica común y aceptable. Nos hablan de esa soledad, de silencio, de dolor y, por supuesto y desgraciadamente, de golpes.

Pero en esta ocasión hay otros golpes, ocho golpes, el último más débil, del ejecutor, del vil protervo, del canalla. Y ella tiene que sacar toda su bilis. Y hablar. Hablar sola. (La credibilidad la ha tenido siempre él, quién la creería). Y sale el odio, y el desprecio, las amenazas, los insultos, las vejaciones,… Nada se queda en la mirada de este grupo escénico que nos ofrecen este montaje. Y aunque ella diga en un momento, “se habla para nadie”, en este caso se equivoca, nos habla a nosotros, espectadores que la escuchamos con un silencio tremendo (malditos móviles, por favor no los dejen ni en vibración, parece que les gusta). Y hay llanto, y orgullo del prepotente que tendrá que callarse porque se han vuelto las tornas. Atrás quedará el no atreverse ni a mirarse en el espejo, porque han salido canas prematuramente, porque, en realidad, nadie conoce a nadie, y una se siente “como fruta podrida”. Y hay necesidad de huir, siempre huyendo, escondiéndose, la sumisión, la culpabilidad que no es tal.

Pero llega un momento en que ya no asusta, ya no hay miedo, ya hay que dejar de ser una llama que dura solo unos segundos.

Ojalá fueran los Últimos golpes, que quedara solo como testimonio pasado, que fuera solo teatro, que la llave que encierra la violencia no pueda volver a campar a sus anchas y por sus respetos irrespetuosos. Pero me temo que tras escribir esta crónica volveré a escuchar, presenciar, ser testigo de nuevos y malogrados hechos.

Por eso este montaje debe seguir en pie, por Mónica y todas las víctimas de la violencia propinada por unos cuantos cerdos.