Cyrano de Bergerac, palabras de poeta

Alberto Morate

Tres personajes conforman mi bagaje literario. Tres personajes que están en mi itinerario narrativo, teatral y poético, que llevo siempre en mi fuselaje.

El primero, don Quijote, inefable Alonso Quijano, al que admiro con fervor de poeta torpe y escritor de tres al cuarto al lado de su padre, el gran Miguel de Cervantes de Alcalá de Henares, y eso que yo no soy manco.

El siguiente, una mujer, Carmen de Merimée. Gitana sevillana, libre y por mí amada. Yo también caí con sus armas de seducción y belleza, de riesgo y pasión frenética.

Y el tercero, este Cyrano de Bergerac, capaz de desenfundar la palabra para enamorar y engrandecer a la luna poética y al alma.

Vuelvo a ellos una y otra vez, me acompañan desde prácticamente la niñez.

Ahora tengo la oportunidad de ver a Cyrano en el medio en el que le vio nacer, el teatro para el que fue concebido y al que vuelve, como debe ser. Cyrano grande, caballero, narigudo y pendenciero, enamorado y poeta, valiente y solitario, sensible sin careta.

Hoy José Luis Gil nos lo presenta en bandeja. Se mete en su cuerpo y lo encarna con destreza. Le da voz y presencia. Emociona, le da un toque de humor, y Cyrano se deja. Porque es humano y creíble, generoso y un poco asceta.

Y así se van sucediendo las escenas. Con respeto y rigurosidad, de la mano de Alberto Castrillo-Ferrer que se ve que lo respeta. Con cuatro elementos básicos, una pared de madera, unos bancos y mucha presencia escénica. La de todo el elenco que se pone al servicio de esta historia tan bella.

Se suceden los versos y Cristián se queda con la boca abierta. En realidad, Roxana se enamora de un poeta. ¡Y qué hermoso es oír y ver cómo todos interpretan el sinfín de personajes que escribió Edmond Rostand sobre una cara tan fea! Lo que pone en entredicho qué es desaire y qué es belleza.

Ana Ruiz, Álex Gadea, Rocío Calvo, Ricardo Joven, Javier Ortiz y Carlos Heredia, durante dos horas nos deleitan, nos sacan una sonrisa o pelean con destreza, lo mismo están en la pastelería de Ragueneau, que en la guerra, lo mismo son siete que cincuenta. Pero, ante todo, nos embelesa este Cyrano/Gil con sus versos y sus palabras de poeta.