La Comedia de las Mentiras, al clásico estilo

Alberto Morate

Que el teatro es mentira lo tenemos asumido como verdad intrínseca. Que es verdad que vamos al teatro a que nos cuenten mentiras disfrazadas de verdad que muchas veces son más reales y verdaderas que la mentira de la vida.

Vemos decorados de cartón piedra y lo damos por buenos. Vemos actores disfrazados asumiendo roles que no corresponden con su forma de ser y decimos que son buenos. Las historias siempre son supuestos. Y cada vez nos gusta más ese teatro de falsedades bien disimuladas de verdad que nos hacen creernos lo que no es cierto.

En La Comedia de las Mentiras de Pep Antón y Sergi Pompermayer juegan con todo esto. Nos trasladan a una época pretérita del teatro latino y griego, pero situando la acción como si estuviéramos en los años sesenta del pasado siglo,  y un argumento barroco ciento por ciento.

Y agitado todo ello, da buen resultado y no resulta histriónico ni exagerado, aunque “hiperbolen” las relaciones entre personajes y los enredos. Pep Antón dirige esta Comedia de las equivocaciones, del engaño, de la mentira, con desparpajo, ritmo y un buen humor acrecentado.

Los personajes asumen nombres aparentemente clásicos, muy apropiados y divertidos, (Gimnasia, Cántara…), llevando el equívoco ya desde el comienzo. Después las tramas se suceden como un ovillo de lana en el que parece imposible encontrar los cabos sueltos. Todos mienten. Pero lo bueno, es que todos se creen lo que el criado/esclavo, (estamos hablando de comedia tipo Plauto), urde y maquina haciendo cada vez más grande el embeleco.

Todo el elenco está perfectamente sincronizado y coordinado. Pepón Nieto, llevando la voz cantante de falsete, no podía ser menos, en el que implica de alguna manera al público que se queda sonriendo. Y Paco Tous, María Barranco, José Troncoso, Angy Fernández, Marta Guerras y Raúl Jiménez no paran quietos. Entran, salen, se quedan, cada vez van creciendo más y más las mentiras para solaz y divertimento de los espectadores que no se quedan en silencio porque ríen y aplauden en cada escena y casi en cada momento de la farsa, hasta que, como en una buena comedia de enredo, las mentiras se descubren y cada oveja con su pareja y la terminación en una mojiganga y danza pone broche final a tanto embuste teatrero.