Óscar, emoción a raudales, la felicidad de existir

Alberto Morate

No es cómo se entra en el teatro. Es cómo se sale. Si la obra en cuestión ha conseguido removerte las tripas, el corazón, la sangre, el sentimiento,… entonces puedes creer en Dios como empieza a creer Óscar, como empieza a creer Mami Rosa, de forma escéptica y un tanto reservada, pero que te envuelve y te deja tocado, con una lágrima en los ojos, con una sonrisa de ternura en la comisura de los labios, con el corazón encogido pero más grande, como nos cuenta Juan Carlos Pérez de la Fuente, director de esta gran obra, de este maravilloso texto sensible, cargado de paz, de sinceridad, de imaginación, de realidad, de silencios y de palabras hermosas.

Querido Dios: le dice el pequeño Óscar a ese Dios en el que, en principio, no cree porque nunca se ha manifestado, ese que no escucha ni interviene, ese que permite que un niño de 10 años con leucemia se tenga que marchar (eufemismo, está claro), en 12 días. Los últimos doce días de un año. Los que marcarán el tiempo venidero. Óscar le escribe a Dios como escribiría a un compañero, pero con la ventaja de que como no le conoce, se atreve a encararse a él de forma directa.

En realidad, Dios es Mami Rosa, Dios son los demás niños hospitalizados, Dios es la luz que amanece cada mañana hasta que hay que dejar de amanecer porque ha llegado su hora o, mejor, su día. Ese día después de más de cien años, que en Óscar cada 24 horas pasan en un suspiro y se queda dormido y al décimo segundo día no despertará porque prefiere seguir soñando.

He salido del teatro de forma distinta, afectado, mejor persona, quizás. Más humano. Con Dios o sin Dios, eso da lo mismo. Con la sensación, y la constatación, de ver buenísimo teatro. Esto no era un monólogo en una interpretación excepcional de Yolanda Ulloa. Es ella en muchos personajes y somos todos. Son los personajes y es el texto en sí mismo y es la emoción a raudales, es el viento que la arrastra por el escenario con las cartas en la mano. Es cada día en la inocencia tremendamente lógica y vivencial de Óscar. Es sumergirse en un hospital, como lo hizo Éric-Emmanuel Schmitt, el autor, y comprobar que los niños son niños tan maduros como los hombres hechos y derechos. Y, por supuesto, más íntegros, menos prejuiciados.

Óscar, o la felicidad de existir, de no morirse nunca, porque ya siempre formará parte de nuestro recuerdo.