Inestables, in extremis

Alberto Morate

No nos conocemos ni a nosotros mismos. Creemos que sí, pero ante situaciones límites o especiales, posiblemente nos autosorprendiéramos con reacciones impensables. Pero, si nos dan un tiempo para meditar, para tomar una decisión, ¿actuaríamos también como realmente creemos?

En Inestables de Carlos Zamarriego, que también la dirige, una pareja que no se conoce y que, por motivos profesionales, tienen que tomar una determinación drástica para el resto de sus vidas, nos vendrán a decir que no existe la seguridad perpetua, la actitud encomiable que nos pone por encima de los otros, la rectitud de los principios que tenemos como modelo.

Llegará un momento de debilidad, de inestabilidad, de duda, de miedo. De ahí, este texto un poco de intriga, un poco protervo, un poco con segundas intenciones, un poco irónico y socialmente crítico.

El dinero lo puede todo. Y las ganas de medrar. Y el deseo de éxito. Aunque haya que quitar de en medio a ciertas personas, a indeseables que se creen superiores, a Inestables que perjudican el desarrollo de un buen negocio.

Zamarriego habla de actitudes machistas, de zancadillas, del ojo del gran hermano de Orwell, de intereses creados, de soledad, de círculos o laberintos de los que no se podrá salir más que tomando decisiones límite.

Y lo ponen en pie, impecablemente, Blanca Jara y Edgar Costas. Blanca, mostrando esa aparente seguridad que no es tal, ese deseo de conseguir lo que se quiere aun a costa de sus valores morales. Y Edgar Costas, nos ofrece un impecable ejecutivo creído y venido a más, acostumbrado al poder, pero que intuirá su final porque sabe que está abocado a ello en el mundo de lobos en el que se desenvuelve.

Diálogos bien enlazados, personajes bien construidos, situación extrema y actual, ingredientes para un buen éxito.