666, sí, sí, sí, Yllana, Yllana, Yllana

Alberto Morate

Yllana, Yllana, Yllana. Podríamos pronunciar su nombre 666 veces, o seis mil seiscientas sesenta y seis, y siempre lo haríamos con una sonrisa en los labios (¿en dónde si no?), con una carcajada en la garganta, con una mueca en el rictus, con un sonido en cualquier sitio.

Yllana, Yllana, Yllana son el poder del teatro cómico gestual irreverente y mal encarado con las normas convencionales. Les gusta sacar partido a lo entero. Llegar al límite del centro, bordear los precipicios por debajo. Es decir, por los bajos fondos, por lo inesperado, por lo tabú, por lo truculento de lo apacible, por la casquería de lo humano.

Sí, sí, sí, seis, seis, seis, siendo cuatro. El número del diablo, del maligno, del pobre pecador que se queda sin adeptos cuando transgrede su espacio. En esta ocasión, Yllana, Yllana, Yllana, se meten en el pellejo de cuatro condenados. Y como ya no tienen nada que perder, arman la de “dios es cristo” sin invocarlo. Son capaces de hacer salir huyendo al mismo Pedro Botero del infierno, al carcelero más musculado de la prisión del condado, al asesino a sueldo que los anda buscando.

Disparan a viejas y ancianos, se mean en sí mismos, se electrocutan divirtiéndose, se aparecen en los sueños casi como sátiros, se balancean en la horca y guillotinan al más pintiparado. Pero todo bajo la carcajada imprevista, la caricatura desmedida, el humor negro pero coloreado de naranja, haciéndonos sufrir de risa, anclados a la butaca del teatro.

Fidel Fernández, Raúl Cano, Juan F. Ramos y Juan Fran Dorado, como los cuatro jinetes del apocalipsis sin caballos. Cuatro personajes desbocados que interpretarán con desparpajo y sonidos guturales lo más macabro del ser humano. Y lo bueno de todo ello es que nos hacen descojonarnos, con perdón de los mojigatos.