Tarzán, el musical, muy mono

Alberto Morate

 

La naturaleza viva. Muy viva. Latente. La selva que cada vez es menos salvaje, ya no queda nada por explorar, siempre alguien quiere sacar provecho, beneficio, la codicia de apropiarse de algo indebidamente, y que además es de todos.

Está bien que se fomenten en el teatro los valores de esos paraísos antes inexplorados e inhabitados y que ahora conoce y pasea tanta gente.

Con Tarzán, el musical son varios los beneficios que encontramos de forma atrayente.

El primero, es un buen espectáculo músico teatral, bien cuidado, respetuoso, estupendamente interpretado, bailado y cantado. Tiene ritmo, movimiento, color, momentos tristes, melancólicos, momentos alegres, haciendo participar al público jovencísimo, teniéndole presente, con guiños también a los adultos e, incluso, a los adolescentes. Bien resueltas las escenas, con una escenografía sencilla pero sugerente.

En segundo lugar, la concienciación del respeto a la naturaleza, a los animales, a las buenas relaciones entre la gente. Cuidar estos aspectos, ser conscientes  de que si nos cargamos el medio ambiente, los recursos naturales, al final solo habrá muerte.

Después, la calidad de las músicas, de los bailarines e intérpretes, simpáticos, buenas voces, atrayentes. Sentir que los niños son espectadores tan importantes como los reyes. (No me gusta lo de tirarles caramelos, como si fueran monos, aunque nos hagan representarlos a ellos, los monos, muy mono y a toda clase de bicho viviente, –un detalle la máscara en el programa-, pero a mi modo de ver sería preferible dárselos en mano al acabar).

Bajo la dirección de Ricard Reguant y con texto, composición y dirección musical de Ferrán González, los actores nos divierten. Guillermo Pareja, Alba Messa, Tamara Agudo,… entre otros, se desviven para hacer fresco y verde este montaje de forma natural y, al mismo tiempo, convincente y sorprendente.