La Casa de Bernarda Alba, ¡silencio!

Alberto Morate

 

Cuando es el final, el culmen de esta gran obra, de esta gran tragedia de Lorca, nuestro Lorca, los espectadores miran al suelo. O al infinito. O a su interior. Es tan dura la escena, de tanto dramatismo, que nos da apuro mirar la desgracia cara a cara. Soberbio. Pero las actrices que están en el escenario tienen el corazón roto como una granada que ha estallado. Hecho pedazos. Hay tensión, tragedia, silencio. El silencio que pide Bernarda para ocultar lo que estaba sucediendo. No quería verlo. Y mira que Poncia lo estaba advirtiendo. Pero se va mascando el dolor, los sentimientos que quieren manifestarse a toca costa; no es el potro garañón el que da coces, es la palabra, es el amor, es el sufrimiento.

Tengo que empezar hablando de las actrices de esta Casa de Bernarda Alba que rezuma emoción desde los primeros momentos. Comienza La Poncia, Pilar Civera, enorme, dirigiéndose al público como si fuéramos uno más del pueblo. Y después a Bernarda dándole el punto exacto de sumisión, conocimiento, confianza, sabiduría, enfrentamiento. Pilar Civera es la mujer del pueblo, la que ve la realidad con acierto pero que no puede hacer nada, solo ser testigo de ello. Y Bernarda, Pilar Ávila, que representa la sequedad, la autoridad sin criterio, más preocupada de que sus hijas no se le escapen de sus dominios y de sus manejos. Grita con voz ahogada que no hay que llorar, pero muestra la actriz que está destrozada por dentro. Y las hijas, Alexia Lorrio, una Adela que lo que nos transmite no es tanto la sensualidad y el deseo como la desesperación de ver cómo se aja su cuerpo, y cómo se cercena su libertad aun sabiendo que su amor no tiene derechos. Ana Feijoo, representa su Angustias con la angustia a flor de pecho. Hace un personaje soberbio. Como Ainhoa Tato, Susana Sanz, Majo Moreno, que sufren se desgarro tremendo, su desolación, su terrible tormento. Y una gran Paloma Ligero interpretando a la madre, el punto poético, la visión de lo que se puede convertir ese infierno.

Óscar Olmeda lo dirige respetando texto, esencia, tragedia, realismo, fatalismo, prejuicios rurales,… y es el primer montaje que veo sin sillas, un acierto, solo dos en una escena en concreto.

Espacio pequeño para gran montaje, en su interpretación y en su concepto. Teatro Estudio 2 de Manuel Galiana, y por muchos años, si siguen tan buen criterio. Que no se queden en silencio.