La noche del sr. Smith, una noche distinta

Alberto Morate

Un mundo feliz. Un mundo aparentemente feliz. Y querer dirimir los recuerdos, las pesadillas, los sueños, a través de la imaginación. Buscando un escape. Una vía que permita no sufrir tanto o, al menos, maquillarlo.

El sr. Smith somos todos. ¿Quién no ha soñado alguna vez no morirse nunca? Aunque mi padre les contaba a sus nietos que él no quería ser inmortal. Porque perdería a sus seres queridos y él seguiría viviendo. Porque vería cambios que quizá no le gustaran. Porque, a la larga, la inmortalidad le conduciría a la soledad y de ahí a la infelicidad. Pero, claro, mi padre hablaba de ser inmortal él solo. ¿Qué pasaría si todos lo fuéramos?

Una noche el sr. Smith, La noche del sr. Smith, se lo imagina. Y todos participamos de todos. Y como en la alegoría de La caverna, no se sabe lo que es realidad y lo que es ficción, ilusión, deseo, sueño, utopía.

Javier Hernando construye un texto de palabra y acción. Acción repetida. Palabra engañosa. Y estás con el sistema para no crearte problemas, o rompes las cadenas que te obligan siempre a mirar hacia la misma pared viendo sombras. No hay escapatoria.

En escena, nueve actores. Podrían ser nueve clones. Pero no, cada uno tiene su propia experiencia, aunque cada uno participará de la misma historia. Al frente de la dirección, Pedro Casas, que se diluye en el trabajo común de esta compañía de actores de diferentes disciplinas. Como debe ser. Un director no debe destacar de sus intérpretes. Y ellos, en una comunión conjunta de movimientos, de creación colectiva, se van pasando el testigo, el micrófono, las vivencias, las acciones, la ilusión de ser uno entre todos, pero cada uno con su diferente medida.

La inmortalidad no está en vivir muchos años. La inmortalidad radica en que nos recuerden cuando ya no estemos en carne viva. Pero cuando la memoria de uno mismo se olvida, ¿quién se encargará de revivir lo que fuimos un día?

Una representación que se deja ver con interés, que utiliza un lenguaje corporal distinto, que podría ser un texto expositivo o una poesía. Me quedo con lo segundo; en la poesía, como en esta función, la emoción está servida.