La dama duende

Alberto Morate

El verso suave. El verso no estridente. El verso como lenguaje y como expresión diferente. Calderón de la Barca y La dama duende. 1629 – 2017. El autor barroco se mantiene. Gracias a la inefable labor de Helena Pimenta y la CNTC.

Álvaro Tato (Ron Lalá) hace una versión respetuosa y romántica de este texto que si no lo engrandece lo favorece. Algo de tenebrismo, magia, fantasmas que desaparecen, amores ocultos, celos, una visión diferente. Y la directora con sutileza creciente, lo dirige, lo mueve, le da lustre y colorete.

El verso sale de la voz de los actores con facilidad, como sin esfuerzo, como si hablar en verso fuera lo más natural del universo. Y Rafa Castejón, Álvaro de Juan, Marta Poveda o Joaquín Notario, por nombrar solo a unos cuantos, nos llevan por su ambiente, nos enredan, sufren y padecen, y con tanta trampa y tanto hechizo nos divierten.

Comedia de capa y espada, sin capa, pero con sombrerete, y con duelo y espada, con ritmo, con elegancia, con el humor suficiente, el enredo que implica a los espectadores aunque los personajes no se enteren. El duende del teatro que se cuela en el escenario de forma diferente, que se introduce en nuestras mentes entre alacenas y dimes y diretes. Y que una mujer sea la que intente seducir al varón, no es tan evidente para aquella época tan renuente.

Ya lo hemos dicho otras veces: los clásicos no son tan reticentes a que se les represente. Están más cercanos de lo que parece. Solo hace falta tener la visión suficiente y atreverse.

Y lo que es, es una delicia, escuchar las palabras mágicas de un autor prominente. Los juegos de palabras, sin que suene a soniquete, versos de rima alegre. El pasado con el presente. La grandeza del teatro que nos permite contemplar lo que vieron y escucharon en el siglo XVII.