Nostalgia del agua, agua, agua

Alberto Morate

No hay días sin lágrimas en este desierto de humanidad

mal llamada,

hay amor, – ¡ay! amor -,

que se cuela por las grietas de la sequedad del alma


Nostalgia del agua, agua, agua

Del fondo del lago salen a flote todas las memorias pasadas. Los recuerdos que se empeñan en martirizar la calma. Solo la pesca, la quietud de esperar que piquen las carpas, hace que el hombre se sosiegue y no piense en nada. Pero ella está allí. Lo conoce de siempre. Lo acompaña. Sabe cuándo se duerme, cuándo bebe, lo poco que habla. Se ven desde hace tiempo, se observan, se atraen, se rechazan.

Ha llegado el momento en que se empiezan a dirigir la palabra. Y de las voces y del agua surgen lodos, emergen esperanzas, brotan lágrimas. Aunque hay también sonrisas, empieza a haber confianza. Ella es implacable, él se aturde, pero aguanta.

Las notas de agua de un violín suavizan el encuentro, tapan los silencios, también braman. Hombre y mujer desgranan un pasado de miedos, de melancolías, de equivocaciones que pesan como una serpiente de plomo que los une y los ata, que los condena y, al mismo tiempo, los salva. Nostalgia del agua.

Ernesto Caballero escribe un texto poéticamente dramático, cargado de metáforas. ¿Quién es ella? Aparece de la nada. La dama del lago, ella misma es el agua. El agua de las lágrimas, el agua de los besos no dados, el agua fresca de un pasado anegado, el agua que busca una salida, el agua de la sequedad del alma.

Y la interpreta con una sutileza sensual descarnada, Marta Belaustegui, con la sensibilidad necesaria para amarla. Y él es, nada menos, que Manuel Galiana. El hombre que pena, el hombre solitario que necesita olvidar, pero recuerda y no descansa. Los dos se compenetran con la mirada, no se tocan hasta el final, que bailan por fin juntos hasta la nada, o hasta la esperanza. Natalia Fernández los acompaña vistiéndolos de la música que en realidad llevan en las entrañas.  Violín de llanto y heridas que sangran.

Jesús Salgado ha dirigido esta magnífica puesta en escena de emociones y palabras. Es un poema, es un rezo, es una letanía, es una balada, “¡ay!, amor que se fue por el agua”, no importa tanto no entender bien las realidades humanas, lo que atrae es lo que se siente, el sentimiento de estos personajes de agua y que empapa a los espectadores en sus butacas.