Después del ensayo

Alberto Morate

El teatro como medio imprescindible de vida. El teatro más allá del escenario y del espectáculo. Cuando lo que interesa es el proceso más que el resultado. Y se confunde lo que es real con lo imaginado, lo que se prepara con lo que se improvisa. Y se entremezcla la vida personal con la ficción de los personajes.

Ingmar Bergman desgrana su intimidad en unas confesiones personales, que no sabemos si son reales ni nos importa. Lo que queremos es sentir las palabras, sentir las relaciones entre lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que se imagina, lo que se muestra. Y Juan José Afonso así lo entiende y escrupulosamente, cuida los detalles de la dirección haciendo humanos y reales a sus personajes.

Personajes encarnados por un sensible y cansado, y escéptico pero ilusionado, Emilio Gutiérrez Caba, que le presta su humanidad, su bien hacer, su destreza interpretativa, sus miradas, sus silencios. También sus miedos. Y Chusa Barbero, gran dama, encarnando ese ego de las divas venidas a menos, que aman aunque no amen, que sienten pasión, que se introducen en la mente y en el pensamiento de quien las trata, que dejan huella imborrable. Sensual, que se resiste a envejecer en un rincón recordando viejos éxitos. Rocío Peláez también saca la esencia de esa actriz que no sabemos si miente o se inventa, que provoca, que busca, que experimenta. Los tres, estupendos.

Después del ensayo hay que hablar, hay que seguir proponiendo. Hay que mantener el tipo, hay que ser sincero. El teatro lo absorbe todo. Nos consume, nos da vida, nos rejuvenece y envejece, nos proporciona sexo y soledad, riesgo.

Teatro de texto, de actores, de comportamientos, de sentimientos. Las tablas del escenario crujen con el paso del tiempo. Se acumula el polvo entre bastidores, pero en escena todo está perfecto. Seguiremos dando vueltas a lo que es ficción, realidad, deseo.