Souvenir, olvidar los recuerdos

Alberto Morate

 

En la actualidad está muy en boga hablar del maldito Alzheimer y sus consecuencias. Parece que es un mal que se propaga no sé sabe bien cómo ni por qué. Una lacra que estigmatiza a quien lo padece, pero más a los que están alrededor, que lo sufren como una pesadilla que no se pasa con el tiempo.

Pero en Souvenir, un texto de Pablo Díaz Morilla, nos ponen en la tesitura de todo lo contrario. Es decir, no es menos grave ni terrible que alguien padezca hipermnesia, que lo recuerde absolutamente todo, incluso lo que no ha llegado ni siquiera a poderlo vivir plenamente. Este mal se apodera también de los recuerdos de los otros. Aunque el personaje, Solomon Shereshevsky, que existió realmente, diga que no es un enfermo, que no está enfermo. Sin embargo, padece. Y hace sufrir a los demás, que le quieren porque le ven debatirse entre recordar, querer olvidar, sentir sensaciones tan personales que solo él puede comprenderlas. Y no puede cerrar puertas, e intentar pasar página, porque se abren solo con el poder de la mente.

Fran Perea dirige esta obra con la teatralidad suficiente para hacerla atrayente. Para que no nos quedemos solo con las palabras, esas palabras cuyo protagonista asocia a colores, olores,  sabores y sensaciones. Esa forma de decir las cosas en las que puede ver cristales, o sentir aromas, o degustar tonos amargos y dulces.

Ángel Velasco sufre en su interpretación de manera notable esa doble capacidad de sentir los recuerdos como algo hiriente y, al mismo tiempo, que le satisface. No sabe a qué atenerse, por eso maneja el personaje en forma humana y real, no sabemos si quiere o no quiere “curarse”. Por eso Steven Lance, en el personaje del psicólogo que le trata, queda descolocado en numerosas ocasiones, aunque aparente otra situación. Porque no sabe cómo hacerle frente, aunque no puede mostrarse impotente para abordarlo debidamente. Por eso, Esther Lara, que interpreta a la mujer del genio mnemotécnico, se debate entre quererlo, ayudarlo o probar otras sensaciones. Los tres vivirán en un mundo de feria,  si no pueden con el problema, lo asumirán y lo aprovecharán porque, tarde o temprano, estallará de todas formas.

Es una gran pieza teatral, que transmite la angustia de los personajes, que no pone como ventaja acordarse absolutamente de todo, porque seremos esclavos de las emociones pasadas y no podremos disfrutar de las presentes.

Creemos que el olvido es un funesto mal cada vez más extendido y que, además, el conocimiento está al alcance de las redes, por lo que quien no se acuerde lo puede buscar rápidamente. No hay razón para el despiste, para no saber quiénes somos o qué hicimos realmente. Pero el que se acuerde, no solo del primer beso, sino de lo que hizo y de lo que opinaron otros a su alrededor, de un idioma que no conoce, de los sueños que no se cumplieron, hasta de lo que no dijimos, entonces la palabra Souvenir estará vacía contenido, pero que se rellenará con lo que se siente.