La Última Boqueá, una isla sin cocoteros

Alberto Morate

Un naufragio. Esto es un naufragio de seres humanos sin escapatoria. La repetición de unos hechos y una forma de vida. Un círculo concéntrico. Nadie puede salir. Y si lo intenta, morirá sin remedio.

Porque estamos aquí y este es nuestro sitio. Inmovilismo puro. Es como esperar a Godot, que no vendrá nunca. Y, en parte, tenemos ese texto enmarcado a veces en el absurdo teatral, otras en el acervo popular de chistes y chascarrillos, algunas en una filosofía de fuero interno.

Verán pasar barcos mientras la isla se achica. Los barcos no son la solución. Nada podrá liberarlos. Solo podrán ahogar las penas en vino y en fandangos. Nada más ahí al otro lado. Ya es tarde para intentarlo. Y el sistema se encargará de noquearlos. De dejarlos fuera de expectativas, no hay esperanza, hay que aceptarlo.

La última boqueá de Selu Nieto es un grito desgarrado. Ya desde el comienzo notamos que algo no va bien. Parece cómico. Será terriblemente trágico. Atardece, siempre está atardeciendo. No hay mañanas. No hay horizonte, las palabras se repiten, los mismos gestos, los mismos pasos. El agua se comerá la tierra, los cuerpos se irán degradando. No se permite mirar más allá de donde podamos ir caminando. Y en una isla no son estelas en la mar, sino retroceso y desencanto. Ni siquiera hay cocoteros para subirse y mirar desde lo alto.

Los intérpretes, María Díaz, Manuel Ollero “Piñata” y el mismo Selu Nieto, llevan la degradación en sus propios cuerpos. Parecen simpáticos, andaluces, que se toman a la ligera los malos momentos. Pero ahí están, porque es su sitio y no otro, la soledad y la rutina, el conformismo, intentar pasar el tiempo,  el miedo a lo desconocido, el tiempo detenido. Nadie se preguntará, ¿qué será de ellos? Están dando La última boqueá. Los hemos visto deteriorarse y allí los dejaremos, somos el barco que pasa de largo, en esa isla no quedarán ni cocoteros para hacer de la madera una balsa que los salve del naufragio.