La Vuelta al Mundo en 80 días, 80 minutos de risas

Alberto Morate

Siempre me gustó que de un texto más o menos serio se sepa sacar todo el jugo y el juego de una representación alocada, divertida, que no da tregua y que, al mismo tiempo, mantiene la rigurosidad del texto y las escenas y los personajes y el intríngulis del argumento.
Cuando yo hacía eso con mis actores, en plan de broma, decíamos que estábamos destrozando la obra como es debido. Sin embargo, con La Vuelta al Mundo en 80 días, el famoso título de Julio Verne, la obra no se destroza, muy al contrario, gana en agilidad, en creatividad, en desparpajo, en humorismo, en divertimento bien hecho.
Han cuidado todos los detalles, con muy pocos elementos. Y constantes guiños al público, a la actualidad, a no perder de vista que están haciendo teatro y es una compañía que tiene que doblar personajes, a pasarlo bien y hacérnoslo pasar a nosotros. Desde el inicio. Desde el programa de mano, desde que nos acomodamos en las butacas, ya nos estamos sonriendo. Y después vendrán las carcajadas y 80 minutos, al menos, de no parar de reír ante la absurda idea de dar la vuelta al mundo en 80 días, que ya ves tú, qué sentido tiene, ¡estos británicos!
Con ritmo endiablado, con todo bien medido y perfectamente ensayado, estudiado, planificado, la compañía entera le da una vuelta al buen teatro cómico sin chistes malos.
Jorge Muñoz en la dirección de un texto que está en la memoria colectiva de todos, consigue que nos olvidemos de malos ratos. Del tren al barco. Del barco al tren y del Club a casa y de casa al club, nosotros vamos del teatro al teatro.
Magnífico todo el elenco. Desde Phileas Fogg, Juan Anillo, un Clark Gable españolizado, que mantiene el tipo de la rigurosidad, pero que no le importa perderla en varios momentos determinados. Pasando por un Picaporte interpretado por José Carrillo, muy español y mucho español como está mandado, todo gestos y nada sosegado. Dani Llull que hace un inspector Fix que no da una, porque, claro, tiene que interpretar a otros cuantos, y todos los borda con inmenso desparpajo. Un Marcelo Casas, varios funcionarios todos con la misma cara, pero cambiando también a múltiples personajes variados intensamente graciosos y desbocados. Y Silvia Rey, la simpatía de quien se pone en otras manos y, si hace falta, hasta cantando.
Lo dicho, ochenta minutos que se pasan volando. O noventa, que la apuesta en este caso es ver quien aguanta sin reírse un buen rato. La vuelta al mundo en un escenario. Si van, les aseguro que no habrán perdido el tiempo en vano.