EL FLORIDO PENSIL, niñas, ahora les toca a ellas

Alberto Morate

¡Claro!, no podía ser de otra manera. Primero son los niños, después vienen las niñas.

Así se pensaba en aquella época. Una época no tan lejana ni tan prehistórica como pareciera. Que yo la he vivido. Que aún hay algunas reminiscencias, como dicen al final de la representación. Que romper con ciertos moldes es tarea titánica y de paciencia.

Nos reímos. Claro que nos reímos. Lo pasamos teta. Nada hay más hilarante que reírse de uno mismo cuando se ve con la perspectiva de quien ha superado traumas y se toman las cosas de otra manera. No con la visión de aquellos niños y niñas que sufrían en sus carnes y en su intelecto la manipulación maniquea. En este caso son niñas. Casi peor, por el rol que debían desempeñar siempre de forma discreta, sumisa ante el marido, el padre, el hermano, el novio, incluso un señor cualquiera.

El florido pensil fue, en realidad, un jardín marchito abonado de mucha mierda. Con perdón. Pero, gracias a dios o a quien sea, consiguieron brotar flores, mujeres que a la postre reivindicaron su condición de hacer lo que quisieran.

Andrés Sopeña supo transmitir con mirada infantil una tragicomedia. Y nos hace gracia ver sobre un escenario lo que vivimos siendo protagonistas de primera.

Fernando Bernués  y Mireia Gabilondo saben darle ese punto de temblor, de temor, casi de terror en ocasiones, cuando con la vara el profesor se acercaba a nuestra vera. Esas canciones que no sabíamos qué significaban porque no entendíamos la letra. Ese inspector (o inspectora) que tomaba nota con la mirada y te crucificaba si no te sabías bien la respuesta. Esos curas que te metían mano sutilmente y te advertían de que nada dijeras. Esas consignas que subliminalmente intentaban alejar al demonio rojo y ponían etiquetas. Le dan ese toque de humor para quitarle hierro candente porque si no, quema.

Y ellas, las niñas, tan monas, tan obedientes, tan displicentes, pero que tenían que tragar sapos y carretas. Las cinco actrices sublimes que las interpretan: Esperanza Elipe, Chiqui Fernández, Mariola Fuentes, Nuria González, África Gozalbes, que se ponen en situación y entran y salen como chulo en la feria. Dignifican con su actuación tan sentida, humorística y pizpireta, una o varias generaciones (que la cosa duró tela), a esas muchachas a las que pretendían que cuidaran de España desde la cocina o la azotea.

Magnífico trabajo de revisión de una época de posguerra que se alargó demasiado, de un sentir de derechas que, a pesar de todo, no pudo acabar con el sentimiento de compañeras, que no pretenden, ni siquiera, pedir cuentas, pero sí que quede testimonio de una educación obsoleta.

Toda la gente joven de hoy que no vivieron tamaño despropósito y, sin embargo, se quejan, debieran venir a ver esta pequeña historia de España que, por desgracia, en algunas cosas, como la violencia, aún colea.