Los espejos de don Quijote, el caballero preso

Alberto Morate

Siempre hay que congratularse de que un nuevo espacio escénico asiente sus tablas en el panorama teatral. Aunque sea en forma de carpa, y con el inconveniente de que, de vez en cuando, se oigan los ruidos de la calle. Pero si ese nuevo escenario se llama El Corral de Cervantes y además nos representan Los espejos de don Quijote, el espectador, como amante del teatro, no puede sentirse más satisfecho.

Bueno, sí. Cuando además la obra que se está viendo es una delicia de texto. Un texto de palabras que se intercambian unos ficticios Shakespeare y Cervantes en la celda donde don Miguel está preso y comienza su impresionante novela, la mejor de todos los tiempos. Hay un juego dialéctico impecable. Un ten con ten entre dos monstruos de las letras, en el supuesto de que se hubieran encontrado en algún momento. Y un viejo carcelero que quiere ser Sancho. Y una Dorotea real que será Dulcinea en su momento. Pero también está el espíritu de Hamlet y el amor de Romeo.

 

Realidad y ficción. Fantasía y juego. Penalidades de escritor que se considera un fracasado en el teatro y aún no ha olido las mieles del éxito. Y, enfrente, el poeta inglés que se refleja en sus ideas, en su creatividad, en sus versos. He disfrutado de lo lindo con esta comedia que podría haber sido Lopesca y hubiera cerrado el círculo concéntrico.

Escrita y dirigida por Alberto Herreros, se disfruta con embeleso. Y la interpretan de maravilla José Manuel Seda, en un Cervantes que, a pesar de su desvalimiento, no pierde el sentido de la realidad ni el humor ni el ingenio ni la desesperación ni el contento. Daniel Moreno, como Shakespeare, irónico y despierto, sagaz, inquieto, noble, caballero. Pedro Miguel Martínez que sabe darle la vuelta a su carcelero y convertirlo de huraño en entrañable escudero. Y Ana Crouseilles, sensual, contrapunto de musa de ensueño, sensible, realista, reflejo del pueblo.

Se me hizo corta. Pasé una velada fascinado por la grandeza de estos personajes, que si bien es cierto que no se conocieron pudieran haberlo hecho. Y eso los convierte en teatro, en poesía, en espejos. Bienvenidos al mundo de lo imaginado y de la locura del caballero.