La Carta Perdida desde los 80, una canción, un poema

Alberto Morate

Este espectáculo requiere un poema. Una canción. Una carta que no se pierda. Un recuerdo emotivo. La alegría de encontrarse con buenas canciones de los 80 estupendamente interpretadas. Un buen guion. Nostalgia. Estremecimiento. Baile, palmas al ritmo, también tristeza. Homenaje a artistas que dejaron huella.

Un poema, una canción, que nos hable de la movida madrileña. De que todo no fue derrota, aunque muchos quedaron en el camino por culpa de una mala percepción de las cosas. Pero también hubo mucho talento, libertad de expresión, ruptura de normas.

Una canción, un poema, que nos hable de ilusiones y de la escuela de la calle. De versos que flotaban en el aire y eran atrapados por las cuerdas de una guitarra, aunque también se colaran anfetas, y heroína y otras sustancias nocivas. El alimento de una juventud a la que le crecieron alas y gritaba oraciones profanas sin etiquetar a nadie, que bebía cerveza.

Un poema, una canción, que escandalizaba a las abuelas y los padres no comprendían, que abría Madrid a las estrellas. No importaba no encontrar la mesa puesta. Querían romper los cristales limpios y asomarse a la ventana para ver a la chica de ayer. Convertirse en reina de la noche, prometer no ejercer la violencia. Salir de las cuevas del franquismo que aún coleaba, perderse en la ausencia de la familia, brindar bajo la lluvia en el barrio de Malasaña y escribir buenas letras.

Una canción, un poema, escrito y dirigido por Ana Graciani, que empieza con un humor que quiere implicar a los espectadores, y que se va cargando de melancolía y recuerdos de otra época.

Una carta, un poema recitado emocionalmente por Tusti de las Heras, que se va impregnando del espíritu de los 80, con el testimonio descarnado de una voz en off  que nos relata su forma de hablar y sus peripecias. No podía ser de otra manera. Él ya no está, y sus sentimientos se amplifican hasta hacerlos paisaje de una voz que se quiebra.

Y muchas canciones, con una voz que no se rompe, la de Ester Fernández, que acompañan desgarradamente el contrabajo de Albert Anguela y la guitarra de Juan Miguel Valero. Con un estilo personal, herido, renacido, voz de plata, que nos envuelve y nos impregna.

Hemos encontrado una carta, hoy, que ya no se escriben, que todo tiene la inmediatez de las pocas palabras. Una carta larga, sentida, que nos cuenta cómo se veían las cosas desde el otro lado de la barrera. Y lloramos, y reímos, y cantamos, y bailamos. Y aplaudimos, porque esta carta es un auténtico y bello poema.