DON GIL DE LAS CALZAS VERDES, un enredo muy verde y muy gordo

Alberto Morate

Los clásicos traídos a nuestros días. A ver si deja de dar miedo hablar de clásicos. Porque así, de esta manera representado, nos produce una sensación de frescor y divertimento bien llevado. Y admiramos el ingenio de estos autores barrocos que jugaban con el enredo y la intriga, con el honor y los celos, con las mudanzas de mujer a hombre, con el lenguaje como instrumento, con las equivocaciones y las referencias a los momentos que corrían por aquel entonces.

Hoy, esta producción de Ensamble Bufo hace lo mismo. Recoge ese espíritu, y con Tirso de Molina, uno de nuestros dramaturgos más prolíficos y creativos del siglo XVII, nos traen Don Gil de las Calzas Verdes, con el afán de que se nos haga cercano, divertido, con ritmo, dicharachero, teatral, hermoso. Y lo pasamos estupendo.

Hugo Nieto en la dirección, y Alberto Gálvez en la dramaturgia, nos presentan una comedia ágil, actualísima, con constantes referencias a nuestro entorno social y próximo. Alguna canción, algo de percusión, un espacio escénico simple y funcional y, sobre todo, un gran elenco que lo da todo por el todo.

Cuatro Giles en escena, un enredo cada vez más gordo, unos versos perfectos dichos de buen modo, transiciones entre escenas que nos cuentan sin engolo, y la obra se va desarrollando con la sonrisa del espectador que no la pierde ni un poco.

Sara Moraleda, Jorge Muñoz, Natalia Erice, Rafa Maza, Samuel Viyuela y María Besant, están todo el rato en escena, cambiando de rol, interpretando con una alegría que contagia, haciéndonos cómplices y amando el teatro barroco. Teatro de actores y texto como se hacía entonces y que algunas veces hoy, con tanto musical y parafernalia, nos perdemos.

Los enredos, después de tanto embrollo, se desenredarán, todo volverá al cauce del río Manzanares, que le está haciendo falta esa agua cristalina de hacer buen teatro en el “foro”, en la forma y en el fondo.