Tartufo, el impostor, no todo es teatro

Alberto Morate

Realidad. Cruda realidad, y teatro. Lo que, desgraciadamente, está pasando. Pero esto es teatro. Molière utilizaba el teatro para denunciar aspectos, situaciones y personajes de su época que no le gustaban. Que si los médicos, que si los avaros, los misántropos, los burgueses gentilhombres, las ridículas preciosas o sabias, y los interesados.

Los Tartufo, es decir, las trufas escondidas, que se cuelan en nuestras vidas con máscaras tan bien hechas que parecen las jetas auténticas. Afortunadamente, hoy hemos visto teatro. Y sabíamos que era ficción, y nos ha hecho gracia.

Pero, a pesar de que han pasado trescientos cincuenta años, esos personajes también hoy siguen existiendo. En forma de políticos, en forma eclesiástica como pretendía hacer ver el autor francés, en forma de compañero trepa del trabajo, en forma de especuladores de los bienes ajenos,…  están por ahí, cercanos. Es difícil identificarlos si nos dejamos embaucar como le pasa al señor Orgón del texto.

Sin embargo, estábamos en el teatro. Menos mal. En un montaje elegante, con constantes referencias a nosotros, espectadores, para que no se nos olvide que estábamos viendo teatro. Gran teatro. Una dirección medida y cuidada de José Gómez-Friha y la versión de Pedro Víllora. Atemporal, por así decirlo, porque fue en el siglo XVII y es hoy, aunque no queramos.

Nos reímos, pero es para llorar, si nos sucediera el caso. Falsas apariencias, intereses ocultos, ladrones de guante blanco.

Resuelven excepcionalmente el elenco con sus magníficas interpretaciones desde el primero al último. Aquí no hay engaño. Alejandro Albarracín, en un Tartufo que, a pesar de su cuerpo esbelto, casi da asco (por el personaje, no por él, por supuesto). Lola Baldrich, Nüll García y Esther Isla, las tres mujeres desesperadas que ven cómo todos sus intentos son en vano. Ignacio Jiménez en un papel que está muy bien trazado. Y un gran Vicente León, todo expresividad sin exagerarlo.

Y nosotros que pasamos un buen rato. Sabiendo que es teatro, pero pensando que si nos sucediera lo que le pasa al final a todo el reparto, estaríamos mustios y cabizbajos. Y en eso nos vamos meditando. Menos mal que hemos visto buen teatro.