Corta el Cable Rojo, para que estalle en risas

Alberto Morate

Las clases de teatro y dramatización saltan al escenario profesional. Es una manera de formación del actor muy extendida, pero cuyas técnicas también se usan mucho en grupos de creatividad, desinhibición, control de emociones, trabajo de grupo,y observación, expresividad gestual y corporal, terapia teatral, comunicación, trastornos de déficit de atención e hiperactividad, logopedia, integración,…

Parece esto una sesión de psicología. Pero no. Es teatro. Porque el teatro sirve para todo lo mencionado anteriormente, y mucho más. Y si digo que sale de las aulas de teatro, es porque todas esas técnicas de improvisación se manejan constantemente en grupos que, de una manera o de otra, más profesional o pedagógica, quieren hacer teatro.

Así, se dice una palabra, una frase, una sentencia, se amalgama todo y se saca una historia. Se pide que pongan un personaje, un lugar, quizás un tiempo, un acontecimiento y un encuentro y surge otra historia. Se inventa un cuento diciendo cada uno de los actores una única palabra, se utilizan formas distintas de desarrollar una escena, cómica, muda, musical, trágica,… y surge una forma distinta de interpretar. Se asocian ideas, por muy absurdas que parezcan, y se les intenta dar un argumento más o menos coherente. O, al contrario, lo que podría ser una historia más o menos real y común, se transforma en algo ilógico y absurdo por mor de palabras y significados que no vienen al caso en ese momento.

Y así, también, se Corta el cable rojo, el que hace que las cosas puedan explosionar en un sinfín de matices interpretativos, siempre con humor, con mucho gesto y, en este caso, también con música y canciones improvisadas.

Es verdad, que es una forma de practicar, de preparar teatro, de formarse como actor, de experimentar, de probar, de divertirse al mismo tiempo, de hacer pasar un buen rato a los espectadores con ingenio y salidas inesperadas. Por eso mismo esos espectadores intentan ‘pillar’ con sus propuestas a los intérpretes que las ejecutan.

Estos son Carlos Ramos, a la sazón también director, Salomón y José Andrés, que se complementan en sus labores de maestros de ceremonias, que dejan intervenir a los otros dos, que necesitan tener una gran complicidad para intuir lo que el otro hará o para no dejar sorprenderse con las ocurrencias de los demás.

Es decir, ante todo y sobre todo, coordinación. Y después muchas dosis de creatividad, de humor, de inventiva, también de concentración.

Y, durante todo el espectáculo, la participación del público con sus propuestas, con las preguntas directas de los actores e, incluso, con la salida al escenario de alguno de ellos.

De esta manera, la función se va desarrollando, entre risas, aplausos, sorpresas, ritmo,… que hace que ninguna representación sea igual a la anterior. Y salimos con el  cable rojo cortado.