De príncipes y coristas está el mundo lleno

Alberto Morate

Desde tiempos inmemoriales. Grandes políticos, regidores, gobernantes, financieros, empresarios, simplemente millonarios, quieren divertirse, pasar una noche loca, entretenerse, buscar una salida a su soledad.

Y habrá una corista, o una secretaria, una actriz, una empleada cualquiera, una dependienta, que halagada por los fastos que le presentan, caerá en la trampa. Lo que pasa es que se trocarán las expectativas. Y la mujer no será tan tonta como parecía ni el hombre tan prepotente como se le suponía.

Así es El príncipe y la corista, de Terence Rattigan, dramaturgo inglés del siglo XX, que suele retratar una sociedad burguesa y apolillada.

Con temas como la soledad, los desengaños amorosos, la incomunicación, infidelidades,… En este caso además hay intriga política, humor, enredos en las relaciones.

Pilar Castro se atreve con la dirección de este elegante texto, hábil en los diálogos, y sacando lo mejor de los actores.

Entre ellos, Javivi Gil, que lleva prácticamente todo el peso de la obra con un gran desparpajo, con credibilidad pero también con ese sarcasmo que le caracteriza y consigue unos momentos muy hilarantes de la comedia, sin restarle seriedad a un personaje que busca sus propios intereses personales. Le da la réplica con ternura y sencillez, con naturalidad y también divertida, Lluvia Rojo, en una corista dulce e inteligente, sin dobleces, transparente. Marta Fernández-Muro y Brays Efe, mantienen el tono humorístico y, mientras una suaviza las escenas, el otro, aplicando su personaje, las lleva a un terreno chirriante. Estupendo también Bruno Lastra en el papel de honorable secretario o diplomático o lo que haga falta.

La comedia juega con esos dos estándares.

Por un lado, la trama seria e intrincada de unas relaciones políticas y personales y, por otro, la interpretación distendida, cómica, cercana, de unos actores que se entregan en alma.

La adaptación de Daniel Castro está muy acorde a los tiempos que corren.