Cuatro corazones con freno y marcha atrás, para seguir viviendo

Alberto Morate

Jardiel Poncela, don Enrique, siempre es revisitable, en cualquiera de sus comedias.

Con cualquiera de sus títulos. No pasan de moda sus ideas, ni su humor, ni su sagacidad, ni su chispa irónica, ni su ingenio. Tuvo, tiene, la habilidad de adelantarse a su tiempo y llegar a ser inmortal, como los personajes de Cuatro corazones con freno y marcha atrás. Aunque en ciertas épocas haya estado un tanto denostado. Jardiel era un hombre pleno de teatro y, con su humor, supo tratar ciertas ideas casi visionarias, principalmente sociales, saliéndose del naturalismo y realismo imperante en la época.

Representar a Jardiel casi siempre es signo de garantía para quien lo afronta.

Si lo hace bien, claro. Porque hay que tratarlo con sumo respeto, y captar esa esencia inteligente del absurdo, no exagerando los chistes, sino diciéndolos de forma natural, como parte intrínseca de los personajes. Ahí está la crítica a esa sociedad que lo ensalzó y lo repudió también, porque la envidia es muy cochina y porque, como dijo él, “si buscáis los máximos elogios, moríos”, ya que en vida no se acepta el éxito por méritos propios.

En el montaje que se representa en el Teatro Galileo, su director Gabriel Olivares, sí entiende de comedia y respeta al autor y lo venera. Aunque intenta introducir ciertos aspectos “actuales”, músicas, bailes, atrezzo,… que puede que lo hagan más atractivo, pero que, a mi modo de ver, están de más en algunas ocasiones. Es cierto que representar al aire libre, sin una escenografía concreta, hacia los cuatro puntos cardinales, mientras la gente come y bebe, no es sencillo. Lo resuelve bien el director jugando con las sillas, y las entradas y salidas, aunque se pueda perder esa comicidad interna del texto por la vistosidad de lo externo.

Los actores están entregados desde antes de empezar la función. César Camino, Silvia Acosta, David García Palencia, Chusa Barbero, Patrick Martino,… realizan una labor de coordinación y complicidad, manteniendo un ritmo constante para que no decaiga el interés y acaben comprendiendo, a pesar de tantos avatares e infortunios de los personajes, que Morirse es un error y a todo hay que sacarle partido positivo.

Otra forma de ver teatro, veraniega y distendida. Aprovechemos este fresco teatral para hacerlo con humor, bajo el cielo como techo y el vivir intenso de nuestros corazones, aunque los nuestros no tengan freno ni marcha atrás.  Pues eso.