“Las nueve y cuarenta y tres”, hora de pasarlo bien

Alberto Morate

Nunca me han gustado los números redondos, ni las horas en punto, ni los númerus clausus. Por eso, ya el atrayente título de Las nueve cuarenta y tres me parecía sugerente.

En alguna ocasión he dicho en este mismo medio que, si no conozco la obra previamente, me gusta enfrentarme a las obras sin saber con qué voy a encontrarme, porque me apasiona que me sorprendan.

Eso me ha sucedido con este teatro musical donde los actores interpretan a la perfección, con una gran vis cómica, como se decía antes, pero también cantan de maravilla e incluso hacen sus pequeñas coreografías salerosísimas y pizpiretas.

Andrés Alemán, el autor y, a la sazón, también director de este montaje, pergeña una hilarante comedia entre intriga, misterio, musical, enredo, inocencia, hilvanando una disparatada historia de intereses personales, codicia, erotismo, confusiones, sospechas, y dotándola de ritmo, buenas voces, musicalidad, divertimento, sorpresas. A ello contribuyen unas canciones dialogadas y resolutivas de Manuel Soler Tenorio.

Los actores están que se salen, en estado de gracia humorística y cercanos a la complicidad entre ellos y a los propios espectadores. Todo el elenco vive y se desvive con sus personajes. Todos con unas voces extraordinarias y bien afinadas.

Natxo Núñez, el señor Jiménez, a modo de un Paco Martínez Soria inocentón y buena persona. María Cobos, la chacha española en territorio ruso, con el gracejo que se le presupone a las españolas que hacen valer sus intereses pero sin acritud ni malas intenciones.

Las dos hermanas rusas, opuestas y divergentes, Aránzazu Zárate, una sobriedad y maneras frías que agudizan su humor, así como Gemma García Maciá, desmadrada, sensual, desesperada.

Y el mayordomo, que no podía faltar en una historia de intriga y apariciones, Joselu López, metódico pero enormemente sensible y lleno de emociones.

La historia hace referencia  a una España de tiempos pasados, pobre y sin alicientes. Poco culta y con hambre, pero que no pierde el orgullo ni el carácter.

Una Rusia de decaimiento zarista, donde hacen falta rublos y se mantienen las propiedades. Referencias también a los ladrones actuales de camisa blanca y corbata, a la homosexualidad, a las creencias sobrenaturales, a la inmigración, al poder adquisitivo y a lo que usted quiera leer entre líneas.

Porque lo mejor de todo es que es una comedia divertida, que no da tregua a la risa, que se ve con amabilidad y disfrute, que está muy bien construida y que pasas un rato muy agradable.

A las nueve, aunque a Las nueve y cuarenta y tres ya estamos totalmente entregados y no queremos que se acabe.