Refugio, de palabras y silencios

Alberto Morate

Por la boca muere el pez. Por la palabra y los gritos, lo que se dice y lo que se calla, lo que se habla y no se entiende, lo que aparenta y lo que se siente.

Esclavos de las opiniones que se vierten, de lo que se dice y no se hace, de lo que se desdice y se rectifica, de lo que nunca tenía que haberse pronunciado.

Miguel del Arco toca con Refugio algunos temas que se entrelazan, que llevan de una cosa a otra, a mostrarnos una democracia interesada y no real, a una familia desestructurada pero aparentemente arraigada en lo social, de una conciencia que remuerde.



Como peces en una pecera cuadrada y asfixiante, sin agua, pero también sin oxígeno, a la familia del político se le caen los muebles. Y nadie es capaz de recomponerlos. Ni el pater familias que se cree en posesión de la verdad, y si le pillan in fraganti, negará y le dará la vuelta a la tortilla. Y que acogerá a un refugiado para aparentar de cara a la galería, pero que no le interesa ni su pasado ni su historia ni comprenderle. Ni la esposa, que se escuda en la bebida y en los éxitos efímeros, en una voz maravillosa que no le soluciona sus relaciones personales. Ni a la hija, que quiere transgredir y cree que le canta las verdades al barquero, pero su protesta es solo fachada. Ni al hijo, imbuido por la violencia, porque entiende que todo es falso y habría que empezar de nuevo. Ni a la abuela, que carga con el peso de algo que cree que no hizo bien y no comprende.

Hasta que llega el refugiado, también con su conciencia intranquila, que no entiende lo que está pasando ni quiere. Me recordaba esta figura al “schmurz” de los Forjadores de Imperio de Boris Vian que, sin pronunciar palabra, consigue que la familia huya despavorida hacia su propia destrucción. Pero en Refugio quien acabará perdiendo es el propio refugiado. Y entonces, volverán a unirse en un falso acto de parafernalia social. Otra vez las palabras vanas, las acciones hipócritas, el grito ahogado, el silencio que vence, la mentira de la compasión, el refugio de lo aparente.

Actores y director nos ofrecen una excelente obra teatral. Con un alarde de apoyatura técnica, iluminación, escenografía, música,… Israel Elejalde imprime en su personaje un credibilísimo político sin escrúpulos. Beatriz Argüello una madre desencantada y que por eso ya no canta. La hija rebelde y con carácter, fuerte, pero en el fondo débil, Macarena Sanz en estado de gracia. El hijo, Hugo de la Vega, infantil e inmoral, que muestra todo su potencial del monstruo en el que puede llegar a convertirse. La abuela, Carmen Arévalo, desvalida y a la que le viene esto demasiado grande. Y María Morales y Raúl Prieto que hacen unos personajes poéticos e infelices, símbolo de unas raíces arrancadas sin contemplaciones ni posibilidad de dirimirse. En algún momento también me vinieron connotaciones a Agosto de Tracy Letts, con unas referencias más cercanas a nuestro momento territorial y actual.

Un texto duro y crítico, real y simbólico, intenso y necesario, que no había que callarse.